La
orientación vocacional nace como una disciplina que asiste a los egresados del
sistema educativo para lograr insertarse exitosamente en el siguiente engranaje
de la vida en sociedad, el mundo del trabajo. La minoría que incluye a las
personas con discapacidad intelectual transita un particular proceso en la
educación formal e informal, entre la escuela especial, la integración escolar
y otros dispositivos que vienen a llenar espacios en blanco de un camino que a
medida que avanza, empieza a quedar como obstruido.
Las
siguientes reflexiones nacen a partir de las experiencias como psicólogo en dos
instituciones diferenciadas: una, como docente de la materia “orientación
vocacional”, realizando procesos grupales e individuales con adolescentes de un
colegio secundario del ámbito privado, otra, en el equipo clínico que realiza los
seguimientos en la participación de adultos jóvenes con discapacidad intelectual
en un centro de día. Ambas instituciones ubicadas en Capital Federal.
En la
práctica académica se observa que si bien los adolescentes conocen sobre la
existencia de esta materia curricular, como un espacio para abordar sus
elecciones vocacionales frente a la salida del secundario, ellos saben poco y
nada de lo que en realidad se trata la orientación vocacional.
En un
centro de día para personas con discapacidad intelectual la incursión de está
disciplina es mucho más incierta, ajena y hasta desubicada. Nos encontramos
contándole a los concurrentes (así llamamos a los jóvenes que asisten al centro
de día) de qué se trata una disciplina que jamás fue pensada para ellos como
sujetos de la educación.
Aunque la
orientación vocacional surja originalmente como una construcción conceptual que
intentaría aplicarse con el objetivo de re encauzar aquello que desborda por
los márgenes del sistema educativo universitario, nada tiene que ver con la
marginalidad que históricamente ensombrece a la discapacidad intelectual frente
al brillo de la excelencia académica.
Los padres
y familiares de los adolescentes engendramos desde la concepción de nuestros
hijos, un caudal de expectativas sobre una nueva generación con la ilusión de
que esto trascenderá nuestro linaje. En la escuela se observa como las familias
acompañan con mucha ansiedad la búsqueda de aquellas decisiones que sus hijos
tomarán en relación a sus estudios. Las Familias de los adultos con
discapacidad intelectual suelen atravesar estrepitosos y silenciosos duelos,
desde la definición de un diagnostico hasta las dificultosas incursiones en
instituciones de educación especial o de integración a escuelas convencionales,
que elaboran el enfrentamiento entre la ilusión de un hijo profesional y
exitoso y la realidad de un adulto poco inserto o aislado en el sistema
productivo cultural.
El
adolescente no quiere saber sobre la pregunta de “que voy a ser cuando sea
grande”, el adulto con discapacidad, tampoco. Y pareciera ser que les caben a
ambos diferentes motivos.
La
propuesta de pensar y trabajar con la Orientación
Vocacional en discapacidad intelectual no es nueva aunque su
aplicación aun pareciera no ser necesaria. Para citar un caso, podemos nombrar
al psicoanalista rosarino Marcelo Rocha, quien investiga sobre este
entrecruzamiento desde hace ya varios años.
Yo creo que
esta idea es en la práctica, casi una intervención que cuestiona al adulto con
discapacidad intelectual ante la resignación de un proyecto futuro. Unas herramienta
más para pensar la entidad de su adultez.
Esta visión
y propuesta tiene los objetivos mínimos de colaborar en la reconstrucción de
una línea histórica que incluya a cada sujeto, desde su nacimiento y hacía
adelante, registrando los momentos de escolaridad y de formación informal,
hasta incluir fechas posibles de nuevas metas a alcanzar, fantasiosas o
realizables pero dando lugar a un ejercicio negado por el tiempo y la vida. De
reflexionar sobre como se construye una elección, y como estas nos han
atravesado desde las decisiones y los modelos familiares. De discriminar una
debilidad y una fortaleza en mí, evaluar y registrar mis aptitudes o las de los
otros, visualizar la cualidad de las mismas a la hora de medirme frente a un
nuevo desafío.
Para los
adultos con discapacidad intelectual, tiene la intención de facilitar la
apropiación de cierta información personal, que los incluye en un linaje y que
los alinea en la difícil tarea de diferenciarse como sujetos únicos e
irrepetibles.
Finalmente,
de practicar equivocarse. Hacer un borrador sobre nuestra vocación es sembrar
un suelo fecundo, con la ilusión del mañana pero desprovistos de garantías,
plagado de riesgos e incertidumbres.
Lic. Diego Bruno Belmonte