jueves, 30 de octubre de 2014



La orientación vocacional nace como una disciplina que asiste a los egresados del sistema educativo para lograr insertarse exitosamente en el siguiente engranaje de la vida en sociedad, el mundo del trabajo. La minoría que incluye a las personas con discapacidad intelectual transita un particular proceso en la educación formal e informal, entre la escuela especial, la integración escolar y otros dispositivos que vienen a llenar espacios en blanco de un camino que a medida que avanza, empieza a quedar como obstruido.

Las siguientes reflexiones nacen a partir de las experiencias como psicólogo en dos instituciones diferenciadas: una, como docente de la materia “orientación vocacional”, realizando procesos grupales e individuales con adolescentes de un colegio secundario del ámbito privado, otra, en el equipo clínico que realiza los seguimientos en la participación de adultos jóvenes con discapacidad intelectual en un centro de día. Ambas instituciones ubicadas en Capital Federal.

En la práctica académica se observa que si bien los adolescentes conocen sobre la existencia de esta materia curricular, como un espacio para abordar sus elecciones vocacionales frente a la salida del secundario, ellos saben poco y nada de lo que en realidad se trata la orientación vocacional.
En un centro de día para personas con discapacidad intelectual la incursión de está disciplina es mucho más incierta, ajena y hasta desubicada. Nos encontramos contándole a los concurrentes (así llamamos a los jóvenes que asisten al centro de día) de qué se trata una disciplina que jamás fue pensada para ellos como sujetos de la educación.
Aunque la orientación vocacional surja originalmente como una construcción conceptual que intentaría aplicarse con el objetivo de re encauzar aquello que desborda por los márgenes del sistema educativo universitario, nada tiene que ver con la marginalidad que históricamente ensombrece a la discapacidad intelectual frente al brillo de la excelencia académica.

Los padres y familiares de los adolescentes engendramos desde la concepción de nuestros hijos, un caudal de expectativas sobre una nueva generación con la ilusión de que esto trascenderá nuestro linaje. En la escuela se observa como las familias acompañan con mucha ansiedad la búsqueda de aquellas decisiones que sus hijos tomarán en relación a sus estudios. Las Familias de los adultos con discapacidad intelectual suelen atravesar estrepitosos y silenciosos duelos, desde la definición de un diagnostico hasta las dificultosas incursiones en instituciones de educación especial o de integración a escuelas convencionales, que elaboran el enfrentamiento entre la ilusión de un hijo profesional y exitoso y la realidad de un adulto poco inserto o aislado en el sistema productivo cultural.

El adolescente no quiere saber sobre la pregunta de “que voy a ser cuando sea grande”, el adulto con discapacidad, tampoco. Y pareciera ser que les caben a ambos diferentes motivos.

La propuesta de pensar y trabajar con la Orientación Vocacional en discapacidad intelectual no es nueva aunque su aplicación aun pareciera no ser necesaria. Para citar un caso, podemos nombrar al psicoanalista rosarino Marcelo Rocha, quien investiga sobre este entrecruzamiento desde hace ya varios años.

Yo creo que esta idea es en la práctica, casi una intervención que cuestiona al adulto con discapacidad intelectual ante la resignación de un proyecto futuro. Unas herramienta más para pensar la entidad de su adultez.

Esta visión y propuesta tiene los objetivos mínimos de colaborar en la reconstrucción de una línea histórica que incluya a cada sujeto, desde su nacimiento y hacía adelante, registrando los momentos de escolaridad y de formación informal, hasta incluir fechas posibles de nuevas metas a alcanzar, fantasiosas o realizables pero dando lugar a un ejercicio negado por el tiempo y la vida. De reflexionar sobre como se construye una elección, y como estas nos han atravesado desde las decisiones y los modelos familiares. De discriminar una debilidad y una fortaleza en mí, evaluar y registrar mis aptitudes o las de los otros, visualizar la cualidad de las mismas a la hora de medirme frente a un nuevo desafío.

Para los adultos con discapacidad intelectual, tiene la intención de facilitar la apropiación de cierta información personal, que los incluye en un linaje y que los alinea en la difícil tarea de diferenciarse como sujetos únicos e irrepetibles.

Finalmente, de practicar equivocarse. Hacer un borrador sobre nuestra vocación es sembrar un suelo fecundo, con la ilusión del mañana pero desprovistos de garantías, plagado de riesgos e incertidumbres. 

Lic. Diego Bruno Belmonte