sábado, 30 de mayo de 2015




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jueves, 30 de octubre de 2014



La orientación vocacional nace como una disciplina que asiste a los egresados del sistema educativo para lograr insertarse exitosamente en el siguiente engranaje de la vida en sociedad, el mundo del trabajo. La minoría que incluye a las personas con discapacidad intelectual transita un particular proceso en la educación formal e informal, entre la escuela especial, la integración escolar y otros dispositivos que vienen a llenar espacios en blanco de un camino que a medida que avanza, empieza a quedar como obstruido.

Las siguientes reflexiones nacen a partir de las experiencias como psicólogo en dos instituciones diferenciadas: una, como docente de la materia “orientación vocacional”, realizando procesos grupales e individuales con adolescentes de un colegio secundario del ámbito privado, otra, en el equipo clínico que realiza los seguimientos en la participación de adultos jóvenes con discapacidad intelectual en un centro de día. Ambas instituciones ubicadas en Capital Federal.

En la práctica académica se observa que si bien los adolescentes conocen sobre la existencia de esta materia curricular, como un espacio para abordar sus elecciones vocacionales frente a la salida del secundario, ellos saben poco y nada de lo que en realidad se trata la orientación vocacional.
En un centro de día para personas con discapacidad intelectual la incursión de está disciplina es mucho más incierta, ajena y hasta desubicada. Nos encontramos contándole a los concurrentes (así llamamos a los jóvenes que asisten al centro de día) de qué se trata una disciplina que jamás fue pensada para ellos como sujetos de la educación.
Aunque la orientación vocacional surja originalmente como una construcción conceptual que intentaría aplicarse con el objetivo de re encauzar aquello que desborda por los márgenes del sistema educativo universitario, nada tiene que ver con la marginalidad que históricamente ensombrece a la discapacidad intelectual frente al brillo de la excelencia académica.

Los padres y familiares de los adolescentes engendramos desde la concepción de nuestros hijos, un caudal de expectativas sobre una nueva generación con la ilusión de que esto trascenderá nuestro linaje. En la escuela se observa como las familias acompañan con mucha ansiedad la búsqueda de aquellas decisiones que sus hijos tomarán en relación a sus estudios. Las Familias de los adultos con discapacidad intelectual suelen atravesar estrepitosos y silenciosos duelos, desde la definición de un diagnostico hasta las dificultosas incursiones en instituciones de educación especial o de integración a escuelas convencionales, que elaboran el enfrentamiento entre la ilusión de un hijo profesional y exitoso y la realidad de un adulto poco inserto o aislado en el sistema productivo cultural.

El adolescente no quiere saber sobre la pregunta de “que voy a ser cuando sea grande”, el adulto con discapacidad, tampoco. Y pareciera ser que les caben a ambos diferentes motivos.

La propuesta de pensar y trabajar con la Orientación Vocacional en discapacidad intelectual no es nueva aunque su aplicación aun pareciera no ser necesaria. Para citar un caso, podemos nombrar al psicoanalista rosarino Marcelo Rocha, quien investiga sobre este entrecruzamiento desde hace ya varios años.

Yo creo que esta idea es en la práctica, casi una intervención que cuestiona al adulto con discapacidad intelectual ante la resignación de un proyecto futuro. Unas herramienta más para pensar la entidad de su adultez.

Esta visión y propuesta tiene los objetivos mínimos de colaborar en la reconstrucción de una línea histórica que incluya a cada sujeto, desde su nacimiento y hacía adelante, registrando los momentos de escolaridad y de formación informal, hasta incluir fechas posibles de nuevas metas a alcanzar, fantasiosas o realizables pero dando lugar a un ejercicio negado por el tiempo y la vida. De reflexionar sobre como se construye una elección, y como estas nos han atravesado desde las decisiones y los modelos familiares. De discriminar una debilidad y una fortaleza en mí, evaluar y registrar mis aptitudes o las de los otros, visualizar la cualidad de las mismas a la hora de medirme frente a un nuevo desafío.

Para los adultos con discapacidad intelectual, tiene la intención de facilitar la apropiación de cierta información personal, que los incluye en un linaje y que los alinea en la difícil tarea de diferenciarse como sujetos únicos e irrepetibles.

Finalmente, de practicar equivocarse. Hacer un borrador sobre nuestra vocación es sembrar un suelo fecundo, con la ilusión del mañana pero desprovistos de garantías, plagado de riesgos e incertidumbres. 

Lic. Diego Bruno Belmonte

jueves, 15 de mayo de 2014

Asignación universal por hijo
(Discapacidad, sexualidad y adultez)
Lic. Diego Bruno Belmonte.


Presentación.
Este trabajo fue escrito con la intención de poder recopilar en un espacio de formulación a aquellas preguntas que se van construyendo de manera individual o colectiva en los años de práctica profesional, formando parte de un equipo de trabajo y de su intercambio con personas con discapacidad intelectual (D. I.) y sus familias. 
Voy a intentar recortar en este escrito, un área de conocimiento que implique entrecruzamientos posibles sobre las siguientes temáticas: discapacidad intelectual, familia, sexualidad, lenguaje, adolescencia y adultez.

El desarrollo de este escrito entonces intenta reflexionar en torno a las instancias que en el transcurso de la vida hacen a la asunción de una posición subjetiva adulta, en el marco de nuestra sociedad actual y de las vicisitudes que con relación a esto atraviesan algunas personas con D. I. y sus familias. 

Algunas de las preguntas más significativas que guían este trabajo podrían empezar a enunciarse de la siguiente manera: ¿De qué manera se relaciona lo singular de la sexualidad de cada persona con la legalidad desplegada en relación a los otros?  Esta organización simbólica plasmada en la habilitación subjetiva que promueve la salida exogámica, es una adquisición que precede incluso a la secuencia de hitos culturales que definen nuestra vida adulta, como el trabajo, el proyecto de familia propia, la vocación, etc. ¿Qué incidencia tendrá este desarrollo temprano sobre la calidad de la circulación social en la adultez?

En la adolescencia la emancipación a una autoridad reconocida no está garantizada por la transformación biológica del cuerpo sino que dependerá de la tramitación de vínculos filiales propios de cada familia ¿Cómo influirá esto en la sucesión o no de herramientas necesarias para asumir la responsabilidad con autonomía? 

Es cierto que, estos interrogantes sobre sexualidad y adultez trascienden el recorte de la D. I., serían preguntas aplicables a cualquier sujeto insertado en la historia de nuestra cultura. 
Sin embargo y teniendo en cuenta que una conceptualización actualizada de la discapacidad incluye articular, en cada caso singular, la relación existente entre las diferencias psicofísicas de un sujeto y las posibilidades que su contexto ofrece o debe modificar para adaptarse a estas diferencias: en el caso específico de “sexualidad y discapacidad”, cuanto más inhabilitantes sean las representaciones que el contexto cultural ofrece desde sus resistencias, mayores serán las barreras, mayor será la discapacidad de cada sujeto. 
Teniendo en cuenta estas preguntas y posibles respuestas, desarrollaré a continuación el aporte de un material que intenta colaborar con la definición de una posición más clara para la intervención y la orientación en el trabajo con las familias, en nuestro rol como agentes de salud.


Desarrollo.
1. Asignación universal por hijo.
En primer lugar voy a tomar una de las leyes simbólicas de organización social con mayor arraigo y trascendencia: “La prohibición del incesto”. Esta norma tiene una probada aplicación universal en sus distintas versiones culturales. “Para Lévi-Strauss, la prohibición del incesto es el único fenómeno que tiene al mismo tiempo una dimensión natural y una cultural: está en relación con la naturaleza porque tiene la universalidad de los instintos, y está en relación con la cultura porque presenta el carácter coercitivo de las leyes sociales. Constituye, para el pensador francés, el movimiento gracias al cual, por el cual, pero sobre todo en el cual, se cumple el pasaje de la naturaleza a la cultura.”
Esta ley es, fue y será una asignación a cada miembro de nuestra estirpe, ejecutada por los representantes de la ley de cada familia, pero que implícitamente está fundamentada en la conservación de la sociedad en su conjunto. Las reglas del juego no están escritas en ningún manual o reglamento, sin embargo son claras: algunos objetos no se podrán desear ni poseer y otros, por descarte, quedarán a disposición de la conquista. Hablo de “descarte” y de “conquista” porqué al ser las figuras parentales los primeros objetos de fijación sexual, la salida de esta primera ligazón no será posible sin atisbos de despecho.
Esta prohibición reglamenta simbólicamente entonces, en las células de cada comunidad, un orden para cada hijo en torno a cómo ser sujeto sexuado; desde una lectura psicoanalítica también implicaría el riesgo de quedar cómo “objeto de goce”, en algunos de los casos. Es decir, al estar inhabilitada, bloqueada o entorpecida esta vía de salida de la sexualidad, las posibilidades de recorrido para el encuentro con el otro, se visualizaran en mayor penumbra. 
“Cualquier movimiento hacía la autonomía resulta insoportable tanto para el niño como para su madre. Hay angustias y dependencias mutuas en escena, de fragmentación por una fallida constitución de una imagen unificada en el hijo y en la progenitora por la amenazada ilusión de completud que le brinda la posición de objeto fetiche del niño”; Escribe Alicia Fainblum, al describir las vicisitudes frecuentes en el ejercicio de las funciones parentales, estructurantes para el sujeto en su relación futura con la legalidad cultural.

Entonces ¿Cómo opera la prohibición del incesto en familias con uno o más hijos con discapacidad intelectual? ¿Atraviesa esta ley a todos los miembros de la familia por igual? Pareciera que en estos casos la interdicción: “ni conmigo, ni con tu padre, ni con tus hermanos pero sí con cualquier otro” es el comienzo de una habilitación que no terminará de tramitarse llegado el momento de consumación. 

Sergio tiene 26 años de edad y su infancia ha sido muy particular. Abandonado a pocos meses de nacer es criado y atendido en un hogar. En este primer tiempo, Sergio fue tratado y recuperado de un cuadro de desnutrición grave, del cual quedaría como secuela un retraso madurativo en su desarrollo intelectual. Siendo un niño pequeño y desprovisto de cualquier lazo afectivo que lo visitara en este tránsito, Sergio es recogido finalmente por una pareja de padres que ya había adoptado un bebé en el mismo hogar, algunos años antes.  Una vez integrado en su nueva familia, ha crecido y ha atravesado su adolescencia en un contexto de cuidados y contención, siendo hoy un adulto con una vida activa pero con algunas dificultades para resolver su autonomía con determinación propia. 
Luego de algunas experiencias frustrantes en torno al sostenimiento de un trabajo y de las relaciones que con sus compañeros y compañeras se había generado, concurre a un centro de día para personas con discapacidad buscando una actividad cotidiana y un grupo de amigos. Apenas ingresado, se integró rápidamente a sus pares y a los proyectos propuestos, incluso ha comenzado y sostenido una relación de noviazgo con una compañera. En lo diario de estás actividades, Sergio y su novia sólo se encuentran en el contexto de compartir espacios grupales, de manera tal que el despliegue del contacto físico íntimo y amoroso entre ellos empieza a entrar en conflicto con el encuadre institucional. También les cuesta emprender actividades por separado pero, por  sobre todo, tener registro de la incomodidad implícita en el contraste entre lo público y lo privado. En varias oportunidades se interrumpieron escenas en donde la pareja se ofrece a la mirada o participación activa de otros, en su apogeo erótico. Repetidamente se interviene sobre esto sin dejar, al parecer, marca alguna de legalidad. 
Cuando esta situación llega a su punto máximo de enfrentamiento institucional, se hace evidente un nuevo conflicto con un tercero, una compañera en común a la pareja aspira al amor de Sergio con exclusividad, seducida por las promesas constantes, intensas y secretas del joven. Esta afrenta también ha sido abordada en repetidas intervenciones por el equipo de coordinadores, teniendo algunos efectos de ordenamiento en ambas chicas pero sin llegar a afectar el despliegue de Sergio.

Algunas de las consultas de padres al equipo de psicólogos, médicos o referentes de una institución que ofrece la prestación de “centro de día” para adultos con D. I., tienen que ver con la demanda de orientación acerca de la sexualidad de sus hijos. En la mayoría de los casos el profesional se ve tentado a preguntar: ¿De que manera enfrentó las mismas dudas sobre la sexualidad de sus otros hijos sin discapacidad? 

Beatriz es madre de un joven de 23 años que asiste a nuestra institución, ella y su marido piden una entrevista motivados por la necesidad de orientación acerca de la sexualidad de su hijo, sobre esto ella se adelanta a declarar: “me anda dando vueltas si él quisiera o no tener sexo”

Durante una entrevista con la médica del equipo, Norma, mamá de una mujer de 38 años de edad que ha sido admitida en la institución, responde frente a la siguiente pregunta: 
-¿Sabe usted si su hija ha tenido relaciones sexuales o ha estado embarazada alguna vez? 
-No, ella no puede, Yo a mi hija la castré. La doctora sorprendida repregunta: 
-¿Se ha realizado una intervención quirúrgica de ligadura de trompas?
-No, yo la tengo charlada, solo puede tener amigos no novios, tengo miedo de que le sucedan cosas malas con respecto a la sexualidad, le dolería.

En pocas ocasiones los intercambios van dirigidos en torno a la problemática de si estos “chicos especiales” podrán con el manejo de los métodos anticonceptivos que garantizan la evitación de una nueva generación tocada por la “tragedia”. Sin embargo, cuando avanzan las entrevistas y podemos acordar racionalmente sobre las capacidades disminuidas o no de sus hijos, con apoyo o sin él, pero que en definitiva serían suficientes para incorporar la información necesaria para saber de que manera cuidarse de un embarazo o de una enfermedad de transmisión sexual, emerge a la luz otro tipo de interrogantes que se expresan de esta manera: ¿Qué sentirá él/ella sobre la sexualidad? ¿Cómo podrán hacerlo? 

Rosa es invitada a conversar a una entrevista con psicólogos de la institución, a partir de distintas situaciones que viene experimentando su hijo Sergio en el marco de su participación. 
Ella nos cuenta que Sergio apenas dice que está con una chica, que hay otras chicas que lo llaman por teléfono pero claramente escuchamos en esta descripción, un relato que dista mucho de la intensidad con que Sergio despliega su vitalidad en relación a estos vínculos y su sexualidad. Ella opina que esta bien que tenga amigas pero no novia, que él no está para “estar de novio”. Su hermano mayor, que ha formado ya su propio proyecto en pareja, también le aconseja: “Sergio no te metas en problemas”. Cuando preguntamos por qué el joven no puede “estar de novio”, su mamá dice: “él siempre necesitó, que le garanticen que nunca lo van a dejar de querer, como cuando era chiquito, es eso”.
       

2. Adolescencia sí, emancipación veremos.
La adolescencia es un objeto de estudio que se define como una complejidad bio-psico-social. Hace su apertura en el desarrollo de los organismos con un despertar hormonal que activa una serie de cambios planificados genéticamente, con el fin último e inminente de habilitar un cuerpo dotado para la elección de la sexualidad reproductiva. Pero este será sólo el comienzo del devenir de un proceso que durará varios años y que, abriendo pasó a nuevas fases evolutivas culminará, con suerte, en el renacimiento de un sujeto habilitado para el intercambio social. Es decir, que su irrupción tiene un alto componente biológico pero su final se trama, como el desenlace de un cuento, en la singularidad subjetiva de un ser social ubicado en un tiempo y un espacio “googleable” en la cultura.

Haciendo un repaso sobre conceptos fundamentales que hacen al estudio profundo de la adolescencia, podemos destacar que: 
   Es una etapa crítica que afecta a un sujeto y a su familia, y que generará un movimiento de desprendimiento del joven desde su familia de origen con la consecuente “emancipación”. Este término acuñado en el derecho romano como “liberación de un esclavo por parte de su amo”, ha tenido su adaptación al derecho contemporáneo como “el logro de aquellas facultades a las que se acceden mediante la mayoría de edad”. 
Si tratamos de forzar estas coordenadas hasta la realidad de los adolescentes con D. I. podemos ver que muchas veces no se facilita la emancipación, ya que el peso de las figuras parentales, en estos casos, se ve  postergado eternamente por la dependencia a una autoridad omnipotente. Consecuencia de esto, observamos en muchas familias que el hijo con D. I. no sólo no inicia un camino adolescente hacia un desmembramiento desde su familia de origen, sino más bien quedará, ya de adulto, como un elemento soldado a una estructura que envejece pero que no se transforma.
Siguiendo este análisis a través del uso analogías con términos de la jerga del derecho, sabemos de muchas familias de personas adultas con D. I. que no encuentran otra salida más que la figura legal de la Curatela, para la entrada a una adultez “protegida” y asegurada de nuevos perjuicios para su hijo y su entorno cuidador. Considerando que actualmente, en el magma de las representaciones sociales sobre la discapacidad empieza a ponerse en juego una incipiente llama que plantea el ajuste de derechos y obligaciones para esta minoría, nos podemos preguntar: ¿De qué manera afectará en el desarrollo subjetivo de estas personas el advenimiento a un grupo social que le asigna per se un equipo sin licencias para ejercer su potencia cuando adulto? 
Es entonces la adolescencia, un tiempo de redefinición de los roles familiares. Movimiento que implica cambios a nivel de variables de tiempo, espacio y poder; esto suele manifestarse en frases como: “¿A qué hora vas a volver?”, “En mi habitación no entrás” o “¿Y vos quién sos para decirme que hacer?” Suponemos que esta transición que la familia posibilita hacia el grupo de pares y hacia lo cultural, si bien no es posible experimentarla sin sensaciones vertiginosas e inestables, posibilitará una ganancia, un menos por más, dejar la niñez atrás para comenzar un nuevo tipo de vida. 
Observamos que la idiosincracia de la familia con uno o más miembros con D. I. incluye una serie de mecanismos que estancan este proceso hasta cristalizar en los casos más graves, una eterna infancia; estas modalidades vinculares, apoyadas sobre estructuras mas grandes que le darán credibilidad y sostén, como son los sistemas de creencias y las representaciones sociales, se han instalado con un fin evitativo, para negar la conflictiva adolescente. Blanca Aida Nuñez escribe al respecto:
“La pareja paterna suele sofocar también la confrontación generacional entre ellos y el hijo. Se evita el enfrentamiento. Se ahogan las conductas típicas de la adolescencia de oposición, provocación y rebeldía”. Y agrega también: “Esta transición sólo pueden hacerla quienes son acompañados y sostenidos en este proceso.”
Como también sabemos, este movimiento hacia una nueva identidad es a su vez para los padres un “cara a cara” con la propia maduración, la irreversibilidad del tiempo y la caída de la omnipotencia. Esta es una temporada castigada por sensaciones ambivalentes que alternan entre el deseo de independencia y el temor por desligarse del todo. Y como empezamos a desarrollar anteriormente, ante la inminente maduración sexual y la posibilidad procreadora, la salida exogámica es una “media verónica” elegante y airosa frente a la prohibición del incesto. 
Como ha sido muchas veces documentado en bibliografía sobre discapacidad, la crisis que embiste contra una familia en estos casos (frente la noticia de un diagnóstico y los sucesivos avatares en la cotidianidad de un niño diferente insertándose en los márgenes de la “normalidad”), se manifiesta en padres que en una vivencia melancólica de este recorrido, no pueden dejar de sentir que este hijo nunca podrá. Frente a este contraste, podemos decir que sucede un proceso inverso al acontecido en la adolescencia convencional. Si dijimos que la adolescencia enfrenta a la decadencia de los padres con la potencia del hijo, en estos casos, el hijo con D. I., desprovisto y desarmado de toda potencialidad ¿Cómo podrá funcionar como rival en la confrontación? Será más bien como la sobrecarga de un niño pesado en los brazos de un viejo cansado. Ambos responsables de la negación del paso del tiempo.


3. Buscando una línea en el horizonte
Por último, me gustaría agregar algunas reflexiones sobre la relación que todas estas vicisitudes descriptas tienen bajo el efecto que el atravesamiento del lenguaje ejerce sobre todo sujeto. 
Cuando los significantes que nos representan y nos enlazan a pares en situaciones comunes en nuestra sociedad aparecen ineficaces o inaccesibles para la circulación de algunos grupos minoritarios como el que agrupa a la D. I., estamos en presencia de inserciones parciales, de segregación invisible. Que filtro sino el lenguaje nos deja más afuera o adentro de la relación con los otros; frases que forman parte del vocabulario de nuestra comunidad y que identifican aquellos hitos de la vida adulta que hemos analizado, como “irme a vivir solo”, “salir con alguien”, “¿A que te dedicás?, etc., no parecen tener efecto de codificación en muchas personas adultas con D. I.; parecen no cumplir su función de facilitación de inclusión en una serie de identificaciones, de “parecerme a los demás” sino más bien lo contrario, reflejarían a la manera de un espejo roto. 
Este proceso que empezamos a describir aparece “de oficio” en la adolescencia a partir del  movimiento exogámico de cada miembro de la familia, y lógicamente tiene su inicio en la infancia; todos gradualmente, y con la regulación vincular de nuestros padres, vamos tramando un tejido con otros. En este interjuego, compartimos con compañeros y amigos modismos del lenguaje, estilos de vestir, ídolos y odiados comunes, etc.
La inclusión en este circuito del lenguaje posibilita la circulación social a partir de compartir representaciones que pueden ser nombradas como tal. Con su mirada crítica Marcelo Silverkasten sostiene: “Es por esto, que debemos apresurarnos a introducir nuestra segunda definición y sus corolarios de las consecuencias representacionales y simbólicas de la dificultad de integrarse a un sistema de intercambio simbólico: el discapacitado al no insertarse en un sistema productivo (o reproductivo según el caso) no circula por un sistema de intercambio, es un sujeto fijado. No produce ni reproduce. Y en consecuencia, no circula.”


Conclusiones
Reflexionar sobre estas hipótesis no será mas que una búsqueda de respuesta al hecho concreto de que las personas con D. I., en su mayoría, permanecen inhibidos o invisibles frente al atravesamiento de  aquellas leyes simbólicas que organizan nuestra realidad social, incluso y paradójicamente cuando existen convenciones con reglamentos internacionales firmados y ratificados que proclaman estos derechos como fundamentales en muchas latitudes del globo. 
Con respecto a la tramitación de la sexualidad, estaríamos ante el planteo de un nuevo problema a profundizar en otra ocasión: ¿Cuál es el nivel de impermeabilidad en la intimidad que limita entre padres e hijos en estas familias? ¿Por qué ni desde un lado ni desde el otro ha prosperado en infinidad de casos el velo suficiente para el desarrollo de una sexualidad íntima? 
Trabajamos en nuestra práctica cotidiana con adultos con D.I. en donde la sola idea de construir, sostener y proyectar una frontera de intimidad subjetiva que propicie el desarrollo de una sexualidad adulta es vivida por ellos como un impensable y por sus familiares, como una amenaza horrorosa.
Entre la adolescencia y la adultez se reabre en cada sujeto, en cada nuevo momento de sus días, la posibilidad de elegir y trabajar sobre su posición, su responsabilidad, y esto moldea para cada uno de nosotros el estado de una habilitación que permitirá la mejor calidad de vida en el tránsito de cada etapa.

Bibliografía: 

* OMS. “C.I.F”  2001.
* Antropología Online.
* http://antropologia-online.blogspot.com.ar/2007/10/el-problema-del-incesto.html
* Alicia Fainblum. “Discapacidad, una perspectiva clínica desde el psicoanalisis” 2004.
* Blanca Nuñez. “Familia y discapacidad, de la vida cotidiana a la teoría” 2007.
* Marcelo Silberkasten. “La construcción imaginaria de la discapacidad” 2006.

Discapacidad, trauma y duelo
Vicisitudes de algunas tramas vinculares
Daniel Szwarc – Carolina Luongo


 “Los hombres sin historia son la historia”
(Silvio Rodríguez: Sin hijo, ni árbol, ni libro)

El presente trabajo intentará interrogar algunos rasgos específicos de los vínculos familiares en jóvenes y adultos con discapacidad intelectual. Si bien no vamos a perder de vista la singularidad del caso por caso, no dejaremos al mismo tiempo, de nombrar algunas insistencias y continuidades que nuestra práctica profesional nos devela cotidianamente. 

Introducción

En primer lugar concebimos ineludible señalar que cuando hablamos de discapacidad intelectual lo hacemos en referencia a una limitación de las funciones intelectuales, de basamento orgánico, siendo que dicha limitación puede llegar a estar afectada por cuestiones de orden subjetivas. En tal sentido “…Idénticas deficiencias no generan idénticas características psicológicas y ni siquiera idénticas discapacidades. La constitución del aparato psíquico no depende de factores de orden biológico…”.  El déficit no es pues lo que define. Sí lo hace su lugar en el sistema social.  
La discapacidad a su vez, es importante añadir, carece de representaciones sociales y culturales que posibiliten coordenadas en el abordaje de la misma. Más bien, lo que acontece frente a la irrupción de la discapacidad, es un tiempo despedazado. No hay tiempo anterior que provea significantes para asir la situación, tiempo coagulado, donde se pierde la perspectiva de futuro como temporalidad posible.
¿Cuáles son las potenciales consecuencias de esto? El sujeto con discapacidad intelectual, halla obstaculizada su inserción en el sistema productivo, no transita por un sistema de intercambio, es un sujeto fijado. No produce ni reproduce. Y en consecuencia no circula: los escenarios de intercambio son limitados y poco utilizados por él sin estar tutelado. Esta falta de circulación social suele llevarlo a una cada vez más consistente fijación a su familia de origen, que se traduce numerosas veces en  falta de amigos, de parejas y, como derivación, de proyectos a futuro.
Ciertos dispositivos de reproducción del poder aparecen claramente en el Siglo XVIII,  momento histórico de la disciplina. Según Foucault, es cuando nace un arte del cuerpo humano que cuanto más obediente, más útil. A partir de ello se distinguen cuerpos que producen, que reproducen, y también cuerpos que sobran. Poder, aptitud y capacidad dentro del imaginario social de nuestras representaciones.
La discapacidad, por lo tanto, en absoluto tiene que ver sólo con lo real de los cuerpos. Lo real es un pleno. La realidad del cuerpo se construye. El cuerpo discapacitado como todo cuerpo nace igualmente fragmentado. La constitución subjetiva de alguien que porta una discapacidad será, sin dudas, un proceso de entrecruzamiento complejo que pivoteará entre las determinaciones del Otro social, la marca orgánica, el anclaje en un linaje y la posición subjetiva que pueda ir adviniendo. “La discapacidad es un concepto representacional (…) No es un crudo real. Impregnado del imaginario social, la discapacidad circula por los avatares de las épocas”. 

La eterna niña

Verónica comienza, una vez más, un tratamiento psicoanalítico, a sus 25 años, debido a cierta rebeldía y hostilidad en el seno de su hogar, denunciada por su madre.
La joven nace con Síndrome de Down. Su familia se entera del diagnóstico horas después del nacimiento. En el parto la enfermera le dice a su madre: “¡Es una nena, va ser bailarina!”. Esa afirmación colabora con la fantasía que su madre construye al poco tiempo: “Me la cambiaron en la clínica”.
Cuando reciben el alta luego del nacimiento, la madre se va sola del sanatorio, sin su hija. El abuelo al ver llegar a su hija sin su nieta le da una cachetada y la manda nuevamente a buscarla.
Verónica es la menor de tres hermanos. Hija de un matrimonio de comerciantes de tela, ligados al negocio de la moda. Su madre de oficio modista, una mujer muy preocupada por la imagen y las apariencias, se muestra siempre sumamente arreglada en su atuendo. Su padre, comerciante, heredó el negocio de su familia.
“Yo ansiaba una nena después de dos hijos varones”, relata la mamá.
Verónica atraviesa una niñez muy controlada por su madre, quien está en cada detalle. Ésta le confecciona los atuendos para los días festivos que se asemejan a los de una muñeca. A su vez, determinan familiarmente darle lo que denominan “la mejor educación”, disponiendo para ello de un grupo de profesionales que desarrollan sus tareas en su casa. El encuentro y circulación con otros niños son pues sumamente excepcionales.
A pesar del paso del tiempo, en la adolescencia los rasgos estéticos siguen sosteniéndose. Lo que cambia es su incorporación a una escuela de educación especial. 
Verónica a los 25 años no anda sola por la calle, ni maneja dinero. Tiene en la actualidad una relación de noviazgo con un compañero de escuela. “Ese compañerito la vuelve loca” relata la madre, quien lee los mails que Verónica intercambia con Víctor.
En la casa de Verónica hay muchas fotos familiares exhibidas. Mientras que las mismas muestran escenas de la vida familiar en las que sus integrantes están en múltiples escenarios, en las que ella aparece, siempre se halla dentro de su cuarto. 
Verónica grita y patea cuando necesita cosas. Hoy tiene un dispositivo de acompañamiento terapéutico en su casa a razón de dos veces por semana. Su psicóloga lo propuso para que Verónica pueda empezar a realizar cosas nuevas y mediar entre ella y su madre. Al respecto ésta dice: “Amorosas las chiquitas que vienen, pero no sé qué es lo que van a hacer”, desestimando así cualquier propuesta de trabajo. Sin embargo en los intersticios que las acompañantes y Verónica logran construir, algunos movimientos subjetivos instituyentes aparecen: preguntas acerca de su sexualidad, ganas de aprender a viajar sola, cuestionamiento acerca de su vestimenta, entre otros.

¿De qué rebeldía se trata aquella que en un inicio denuncia la madre de la joven? ¿Por qué desestima el trabajo de las profesionales siendo ella quien de alguna manera las convocó? ¿Qué lugar ha tenido Verónica para desplegar sus recursos subjetivos más allá de los ideales familiares y el lugar otorgado? 

En procura de encontrar razones que den cuenta de ello, tomando como referencia a Gomel y Matus, partimos de la base de que en la instauración de una familia, modalidad contemporánea de lazo social, se juegan dos exigencias de índole diversa. La primera concierne a garantizar la continuidad de la organización social. La segunda atañe a velar la ajenidad del otro, la imposibilidad vincular. Con diferentes alcances, entendemos que ambas operatorias se hallan obstaculizadas en el seno de la familia de Verónica. Podemos inferir en este material clínico, que en el momento del nacimiento se produce un trauma que impide la elaboración de una pérdida fundamental: la niña esperada no llega y en su lugar algo siniestro se presentifica.  La niña “cambiada” no se constituirá jamás en portadora de los legados familiares de belleza y estética. Sus vestidos de muñeca que no declinan con el paso del tiempo, serían intentos fallidos,  y por ende incesantes, de velar en la esfera imaginaria lo no procesado en el plano simbólico.
“Trauma es, sobre todo, ruptura de la trama representacional, de la historización simbolizante. Trauma es ante todo, desgarradura, agujero. El duelo, en cambio, es sobre todo trabajo de duelo: supone trabazón, ligadura, trama representacional, tejido simbólico que permita volver a historizar, volver a disponer, no ya de lo perdido pero sí de lo que escapó de su sombra”. 
Verónica está fijada. Su “rebeldía” sea tal vez el intento desesperado de abrirse paso a pesar de las rígidas determinaciones de su familia. Su escasa circulación social, su vestuario siempre idéntico, sus pocas herramientas concernientes a la autonomía, darían cuenta en tal sentido de un duelo nunca realizado por sus padres. A su vez, si abrimos nuestra mirada a lo transgeneracional, podríamos esgrimir que la cachetada que le es propinada a su madre por su propio padre al regresar a su hogar sin Verónica, no habilita el espacio para desarrollar el mencionado trabajo de duelo, sino que, por el contrario, desde el taxativo mandato familiar parecería clausurar dicha posibilidad. Tal como plantea Daniel Waisbrot, “Cuando algo de lo traumático inunda, el duelo, como trabajo, es imposible. Es necesario recorrer un camino que permita conducir del trauma al inicio del trabajo de duelo”. 
La exigencia vincular de procesamiento de la diferencia acontece para esta madre en los acotados márgenes que la infantilización y la discapacidad estipulan, sin dejar lugar así a sanciones favorables y al despliegue de aspectos valiosos por fuera de esos parámetros. Si bien entendemos que las dimensiones de lo semejante, lo diferente y lo ajeno se encuentran anudadas en un vínculo, podríamos concluir que en la familia que nos compete estos aspectos se encuentran débilmente articulados a partir de la primacía de lo ajeno no procesado. “En el caso de la filiación, el reconocimiento del hijo como semejante, como perteneciente al propio linaje es resorte fundamental del lazo familiar. La vacilación de ese reconocimiento hace lugar a la angustia y genera esos modos inquietantes de aparición de lo extraño, en lo familiar o lo familiar en lo desconocido”.  Verónica, no logrando constituirse como semejante, parecería no compartir, según lo expresan las fotos que hay en su hogar, los escenarios por los que circula su familia como tal. Verónica tiene el lugar de lo aglutinado, de lo que no circula, de lo que no progresa, permaneciendo dentro de los visibles muros de su habitación y de los sutiles, pero no por ello menos eficaces, muros de su infancia y de su discapacidad. En consonancia con esto, la aparición en la joven de signos de interés sexual es, una vez más, entorpecida por su madre, degradando el asunto al plano de lo infantil al sancionar a su novio como “el compañerito que la vuelve loca”, y descartando así cualquier otra lectura desde, por ejemplo, la esfera de la identificación en el vínculo con su hija, en tanto mujer. 
En síntesis, retomando los interrogantes iniciales, podríamos presumir que su madre subestima a las profesionales que intervienen con su hija, porque en el movimiento subjetivo que el devenir vincular posibilita, ella ve resquebrajarse su eterna “casa de muñecas”.

La eterna anciana

Sara es la hija menor de un matrimonio que en edad avanzada logra este segundo embarazo. Según el relato de los padres lo buscaron por bastante tiempo y se concretó cuando la mamá había pasado los cuarenta y un años. Apenas acontecido el nacimiento, la madre tiene una “crisis nerviosa tremenda” a partir de una anoxia perinatal en Sara, que dificulta el encuentro con ella durante los primeros días de vida. Recién a la semana del nacimiento, comienza a amamantarla y a cargarla en brazos por tiempos prolongados.
La mamá, de ocupación maestra, hija mayor de un matrimonio judío, se establece en Argentina luego de que la guerra y la pobreza los expulsara de Europa. Ella es testigo del desmembramiento familiar y del posterior exterminio de la mayoría de sus integrantes. El padre de Sara, comerciante, también resulta ser el hijo mayor de un matrimonio judío. La suerte de su familia es similar a la de su esposa. Su hermano mayor, casado, con dos hijos,  es un profesional exitoso de la salud.
Sara crece muy pegada a su madre. Su papá para esa época posee un trabajo en el interior del país, por lo cual transcurre mucho tiempo de viaje. En la escuela Sara aprende con dificultades y no se relaciona con sus compañeros. No obstante, este no es un factor de alarma ni de preocupación manifiesta para sus progenitores. Su madre constantemente se muestra pendiente de la salud y de la educación de su hija a cada momento, llegando incluso a realizarle los deberes escolares de manera regular. En el inicio del secundario de educación especial, según sus padres relatan, Sara sufre una “crisis nerviosa” que le genera como consecuencia la imposibilidad de concluir su escolaridad, requiriendo en algunos períodos de tratamiento psiquiátrico. 
Sara hoy tiene 38 años, aunque por su semblante asemeja ser casi una anciana. Asiste a una institución para personas con discapacidad intelectual donde realiza diferentes actividades.  Camina encorvada, viste ropa de señora mayor y en reiteradas oportunidades en el transcurso de una jornada su rostro cambia de la sonrisa a la extrema desesperación, aunque generalmente su expresión es de preocupación. La habitan ideas, ideas que se le imponen y no puede dejar de tenerlas. Ella pregunta: “¿Si me va a pasar algo, no me va a pasar nada?”.
En el último tiempo Sara comienza a descender claramente de peso. No quiere comer nada elaborado en la institución, aún estando ella presente en la confección de los alimentos. “Tengo la idea de que a la comida le ponen algo y me voy a intoxicar”.  A veces se puede reír de lo que dice. Tiene un alto manejo de la ironía y cuenta con cierta gracia sus reflexiones. 
Cuando Sara inicia su participación en la mencionada institución su madre emprende llamados telefónicos todas las mañanas para averiguar si su hija ha llegado. Este llamado, pasados cinco años de su inserción, aún persiste y se da generalmente a los pocos minutos de su arribo. En una oportunidad Sara se retrasa, lo cual hace que su madre grite desencajada desde el otro lado del teléfono. El tiempo de demora no es mayor a los veinte minutos. Ante la noticia del arribo de Sara la mamá de todas maneras no logra tranquilizarse y dice exaltada: “¡Yo quiero saber qué hizo y qué pasó en ese tiempo!”.

¿A qué tiempo se refiere la madre de Sara cuando clama explicaciones? ¿A qué responde el carácter pendiente y desesperante de esta madre que no cede a pesar del paso de los años? ¿Por qué Sara es una señora vieja de sólo 38 años?

Todo sujeto nace dentro de una trama vincular en la que preceden significaciones que se legan a las generaciones posteriores. Existen, a su vez, como en la vida de Sara, sucesos y fragmentos de acontecimientos que por su intensidad traumática no logran ligadura psíquica, careciendo como tales de representación simbólica. Se trata de acontecimientos en la vida de un sujeto que lo confrontan con la castración, y demandan en consecuencia un gran esfuerzo psíquico, que en algunos casos llega a exceder sus posibilidades, adquiriendo entonces características de trauma psíquico. No hay palabra que nombre eso. Los mismos se legan pues como herencia en su capacidad traumática, siendo por ejemplo la vía del acting, de la desmentida y de la compulsión repetitiva tendencias en procura de lograr algún nivel de procesamiento.
Conjeturamos que el suceso acaecido a la hora de nacer Sara y la discapacidad intelectual consecuente, favorecieron la aparición de lo traumático de las experiencias vividas por ambos padres y por sus antecesores y, como corolario, los mecanismos tendientes a mitigarlo. Podemos presuponer incluso que la discapacidad ha actuado como plataforma y facilitador en la que se desplegó lo psicopatológico. Hay “huellas que no alcanzan representación simbólica, (…) impresiones que superan las posibilidades de tramitación psíquica y circulan en calidad de energía no ligada que se lega como herencia en su capacidad traumática”.  Su discapacidad, en tal sentido, como factor que contiende en primer término con los ideales de la época y, en segundo lugar, como elemento que cuestiona la posibilidad de trascendencia y que, como tal, delata crudamente los límites de la vida, podría explicar el lugar diferencial que Sara ha ocupado con respecto a su hermano. La muerte, podríamos pensar, aquella que no sin costos pudieron sortear sus padres, aparece nuevamente, en su carácter masivo e insoslayable. La palabra, aquella que podría viabilizar un trabajo de duelo y su posible elaboración, no logra emerger frente al carácter traumático del acontecimiento. Así el trauma se reedita y con él se generan y reproducen estrictos mecanismos de control tendientes a que “nada suceda”. En virtud de ello, podemos observar cómo Sara ha quedado contenida en sus movimientos, transitando sólo por espacios físicos y temporales vigilados fuertemente por su madre, sin posibilidad alguna a que algo del orden de lo eventual acontezca. Por otra parte, también nos resulta llamativa la sujeción/alienación de Sara, a partir de sus rasgos físicos, su vestimenta y sus modos expresivos, a formas ligadas claramente con la vejez, momento evolutivo que, en virtud de su edad, es rasgo de su madre.
El concepto de alienación es un término bifronte que puede hacer referencia tanto a un momento lógicamente esperable en la constitución de un sujeto, como, tal lo que sucede con Sara, a una modalidad patológica de lazo tendiente a la no diferencia.
Sara se halla circunscrita a un vínculo con su madre en donde la tendencia que prevalece es justamente la alienante. Vínculo “cuya meta es tender a un estado aconflictivo, (…) que presupone una vivencia no nombrable y no perceptible por el que la vive. Es la realización de un deseo de matar el pensamiento que está presente en los dos sujetos”.  Sara no posee tiempo más allá del estipulado y vigilado por su madre, no viste atuendos diferentes, ni tiene edad que la distancie de aquella. Veinte minutos de vacilación son suficientes para que algo de la angustia traumática advenga en su progenitora con todo su poder presente. “El deseo es negar el devenir y volver hacia atrás. Se propone la exclusión de toda duda, duelo o conflicto. La alienación marca el camino de la repetición, el siempre igual, la mismidad y del pensamiento con certezas”.  ¿Será por eso que Sara se pregunta: “¿Si me va a pasar algo, no me va a pasar nada?”, evidenciando un claro temor a que algo del orden de lo eventual, novedoso y, como tal, ajeno a la repetición traumática, acontezca?
Es por tanto que cuando lo que impera es el trauma, su carácter mortífero lejos de mitigarse, prolifera llegando incluso a actualizarse transgeneracionalmente. Se emplean pues recursos tendientes a aislarlo o clausurarlo, pero como su retorno se hace indefectible, esos métodos implementados para tal fin siempre son ineficaces. Y, paradojalmente, en su ejecución se revela aquello que se procura recubrir. Podríamos considerar por tanto que Sara, no pudiendo tener un tiempo para ella más allá del alcance de su madre, estando incluso detenida en una suerte de no temporalidad, que la torna anticipadamente en vieja y antigua, queda ubicada en una posición claramente mortífera donde no parecería haber lugar para que le sucedan cosas de un orden más vital. Y su madre, podríamos pensar, reproduce medios coercitivos de control que no hacen más que emparentarla con los métodos implementados por aquellos de quienes ella pudo escapar. 


Sin hijo, ni árbol, ni libro

Todo nacimiento implica un porvenir. Es una construcción que se nutre de la historia, del encuentro de una pareja y de un necesario espacio sin plena definición que será el marco para que un sujeto advenga. El nuevo ser será garante de la continuidad de un linaje en tanto ingrese sosteniendo un contrato simbólico por el cual recibirá su nombre y una filiación.
La ley  que garantiza la construcción de una sociedad y que regula la sexualidad de los hombres es la ley del incesto. Es por lo tanto a partir de una prohibición que se posibilita una circulación.
Frente al diagnóstico de una discapacidad, en el momento del nacimiento, pareciera producirse un trastrocamiento en diversos órdenes. El que nace, en tanto entidad primaria a devenir, parece no tener estatuto de semejante, no facilita la apertura del canal identificatorio, y no se deposita por ende más que sufrimiento en esa carne desvalida. No se inviste el futuro. 
La ley del incesto parecería no ser plausible de circular y atravesar al sujeto con discapacidad, en tanto no se entrega al Otro cultural alguien portador de dote para el intercambio. El sujeto queda fuera del intercambio. ¿Será por ello entonces que la sexualidad de una persona con discapacidad tiende a irrumpir como algo siniestro? 
La entrada en la vida adulta está marcada por una serie de hitos que cambian más menos en diferentes culturas: del estudio al trabajo, del hogar paterno al conyugal, de la categoría de hijo al de padre de familia. Pasos que requieren de una maduración psicomotriz, condicionadas en mayor o menor medida por la variable cronológica, pero que requieren para su implementación de un sujeto plausible de ser responsable, es decir poseedor de la capacidad de responder por lo que hace y lo que dice.
¿Por qué pues parecería que las personas con discapacidad intelectual ven dificultada la concreción de dichos pasos, siendo que sólo los menos, aunque poseedores de recursos cognitivos y físicos suficientes, acceden a la constitución de una familia, conforman una pareja o logran desempeñarse en puestos de trabajo?
La continuidad del orden social requiere de la transmisión de marcos definidos tanto por legalidades como por construcciones imaginarias de pertenencia. Ahora bien, en primer lugar, ¿es posible dicha transmisión si la persona en cuestión está por fuera de las leyes?  El discapacitado es justamente un ser que está afuera de las leyes porque se considera que no está en condiciones de cumplir las mismas. O para decirlo más claramente, tomando las ideas de Marcelo Silberkasten, quien tiene una discapacidad no está fuera de la Ley, sino fuera de las leyes, es un extranjero, que como tal está incluido pero no integrado, no está afuera pero no por ello adentro. Las leyes son creadas en función y para un sujeto preconcebido con determinados rasgos deseantes, de posibilidades de acción en el mundo, cosa que el discapacitado no podría ejercer. La Ley, desgarrada, sólo permitirá la circulación del sujeto para fijarlo en un lugar. Un lugar entre paréntesis de todo sistema de inter-cambio. En segundo lugar, siendo que el pacto denegativo en interjuego con el contrato narcisista, determinan y distinguen lo valioso y plausible de vincular de aquello del orden de la ajenidad, ¿cómo será posible instituir los marcos que derivan de dichas operatorias cuando la imagen que transmite el sujeto dista palmariamente de los ideales establecidos y, en tanto tal, interroga crudamente y evidencia la falta en ser de todos los sujetos intervinientes? Creemos, en tal sentido, que la discapacidad en general funciona como una categoría que actúa como compensatorio social en tanto permite mantener la falta en ser a una distancia suficiente como para evitar interrogaciones tanto en aquellos que la poseen como en los que son nominados normales. De allí su fortaleza, de allí la dificultad para cuestionarla/representarla y cuestionar a quienes la portan, de allí la dificultad para implicarse e indagarse en relación a ella. La discapacidad es, en tal sentido, una categoría que se ubica siempre distante, más allá de cualquier posibilidad de implicación y/o rectificación subjetiva. Algunos porque la blanden como bandera de identidad, tan inconmovible como cualquier ícono determinado por una convención fuertemente aceptada. Otros porque la alzan para ubicarse en la vereda opuesta, sin nada que ver con ella. Y mientras tanto generándose mecanismos de identificación que tornan cada vez más sólidas las poblaciones ubicadas a uno u otro lado de la discapacidad, sin posibilidad de interrogación alguna. 
Por otra parte, y en consonancia con esto, con la pobre o nula circulación de las subjetividades y de los cuerpos, resulta llamativo el manejo de lo temporal que en los casos citados se lleva a cabo. Mientras que Verónica parecería ser una perenne niña, Sara una eterna vieja.
Por un lado observamos la fijeza y quietud que esto implica, cristalizándose las dos en un momento etario puntual que, como todo aquello que permanece inmóvil, se acerca más a la muerte que a lo que pueda tener que ver con lo vital. Pero, por otro lado, y en conformidad con esto, observamos que tanto una como otra se ubican por fuera del momento evolutivo que en virtud de sus edades podrían hallarse transitando. Parecería ser pues la adultez el estadío a evitar, a desmentir, a impedir que aflore. Momento singular en la vida de todo sujeto, en tanto sus recursos sexuales y subjetivos lo hacen un ser capaz de reproducir-se. La adultez es, en tal sentido, lo que abre la posibilidad de la reproducción y, con ella, de la reproducción de lo traumático, de lo no tramitado. 
Es por ello que cualquier atisbo que pudiera dar cuenta de lo adulto, lejos de ser elaborado como tal, es anulado radicalmente a partir del desborde que genera. "Lo imposible es una fracción constitutiva de lo que somos: lo ignoto del otro nos enfrenta una y otra vez a lo ignoto en nosotros mismos".  De esta manera la falta en ser, límite estructural y fundante de todo ser humano, se mantiene a una distancia tal que nunca llega a ser interrogada.
El examen de realidad que se establece como primer paso del duelo, implica una constatación de las pérdidas, que en cualquier caso es una constatación subjetiva, es decir, bajo el lente de la trama de significaciones conscientes e inconscientes. Siguiendo este razonamiento la emergencia de la angustia traumática, según Freud afecto propio del trauma, podría ser la expresión subjetiva de la confrontación con esta falta, ante la cual el sujeto se encuentra desvalido. En estos estados la lógica que prima es la del todo o nada, y en estos términos el sujeto es nada. La relación es al ser, como en el primer tiempo del complejo de Edipo. El pasaje del ser al tener implicaría entonces un pasaje de la pérdida a las pérdidas, lo cual señala ya una forma de tramitación, es decir de duelo. Cuando se logra realizar este recorrido que va desde el “todo o nada”, a las “partes”, recién allí se abre la posibilidad de construir una identidad, no sin cierto costo, que evite, tal las tragedias griegas, la infructuosa repetición de lo traumático en el afanoso intento de evitarlo.


Bibliografía
BIANCHI, Graciela. “Lo familiar: concierto entre lo íntimo y lo extraño. Ficha AAPPG
FAINBLUM, Alicia. “Discapacidad. Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis”. Ed. Tekné.
FOUCAULT, Michel. “Vigilar y castigar”. Ed. Siglo XXI
FREUD, Sigmund. “Inhibición, síntoma y angustia”. Tomo XX. Ed. Amorrortu.
GASPARI, Ricardo. WAISBROT, Daniel (comp) “Familias y Parejas” Psicoanálisis, vínculos, subjetividad.  Ed. Psicolibro
GOMEL, Silvia. MATUS, Susana. “Conjeturas Psicopatológicas” Clínica Psicoanalítica de familia y pareja. Ed. Psicolibro
PACHUK, Carlos. FRIEDLER, Rasia (coordinadores) “Diccionario de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares”. Ed Del Candil.
SILVERKASTEN, Marcelo. “La construcción imaginaria de la discapacidad”. Ed. Topia.
WAISBROT, Daniel. “Más de un otro” Variaciones y vacilaciones del dispositivo psicoanalítico. Ed. Psicolibro
Obstáculos a la interdisciplina en la clínica de la discapacidad
Lic. Lucas M. Edgar

Las siguientes reflexiones se proponen abrir interrogantes respecto del valor de interdisciplina en relación a la clínica de la discapacidad, haciendo eje en la necesidad de evaluar los efectos de las intervenciones profesionales, y las condiciones de posibilidad para que dicha modalidad de trabajo constituya una genuina praxis. Para dicho recorrido, se articularán los ineludibles atravesamientos que inciden en la construcción de una posición y entramado profesional: aspectos subjetivos, epistemológicos, histórico-sociales y políticos-económicos.  Se enmarca lo antedicho, en la insistente observación que puede percibirse en la actualidad referida a la disociación entre discursos y prácticas. Riesgosa trampa que oprime equipos de trabajo tras la vertiginosa carrera por la efectividad inmediata, y no pocas veces irreflexiva, con los consecuentes efectos de banalización profesional productores de iatrogenia.
¿Un agrupamiento que trabaja o un equipo de trabajo?
La complejidad a la que enfrenta la clínica de la discapacidad, requiere de entramados profesionales y disciplinares que invitan a pensar en cómo se construyen los encuentros y desencuentros conceptuales y técnicos. Generalmente, desde la irrupción temprana de un diagnóstico de discapacidad, surgen sentidos que en principio, parecerían nominarlo todo. Palabras que nombran, pronostican, anticipan, concluyen y muchas veces determinan. En otros casos, cuando el diagnóstico implica la instalación de una discapacidad que se adquiere en otras etapas del ciclo vital, las palabras que circulen pueden abonar el arrasamiento y drenaje subjetivo que lo traumático genere. En ambas alternativas, se advierte el decisivo impacto de aquello que se dice, que nombra y coagula sentido respecto del déficit en cuestión, y que proviene principal e históricamente del discurso médico. 
En dicho marco es que se hace indispensable pensar la interdisciplina. Interdisciplina que remite a ubicar las coordenadas de intervención de un equipo de profesionales a modo de estructura, dentro de la cual, cada disciplina en tanto constituir un término de la misma, requiere del nexo de la interdependencia. Así, cada discurso será en relación a otros, logrando la complementariedad sin perder especificidad. Arduo trabajo el de construir un marco discursivo común  desde la diversidad de aportes disciplinares, que puede desplegarse desde una clara territorialidad lejana e inconexa. En dicho escenario se juegan aspectos vitales de las personas con discapacidad, sus familias y contextos: momentos cruciales para la toma de decisiones terapéuticas y educativas. 
Retomando la idea de una clínica pensada desde la complejidad, se sostiene que la interdisciplina “…nace de la indisciplina de los problemas que se presentan. Estos no se presentan como objetos sino como demandas complejas y difusas que dan lugar a prácticas sociales inervadas de contradicciones e imbricadas con cuerpos conceptuales diversos…” .  
Hasta aquí discursos que habitan un tiempo social que parece no lograr escapar a la lógica contradictoria globalizada. Es decir, por un lado la generalización y difusión del término interdisciplina genera que sea dificultoso encontrar un equipo de trabajo que no se nomine como “equipo interdisciplinario”. Por otro, la hiper especialización de la ciencia y el resurgimiento de explicaciones biologicistas uni-causales de padecimientos de orden subjetivo, hacen que el discurso común interdisciplinario, anteriormente citado, resulte una meca de difícil alcance. Contradicción que se expresa diariamente en el accionar profesional, identificando la disociación entre discursos y prácticas produciendo agrupamientos de profesionales que trabajan sin posibilidad de constituir un equipo de trabajo conjunto.
Sin embargo, los aspectos sociales referidos no pueden explicar en su complejidad los motivos que hacen obstáculo al trabajo interdisciplinario y su deslizamiento a modalidades reduccionistas o fragmentadas de intervención. Modalidades que por la yuxtaposición de saberes y su efecto de atomización del sujeto en partes, puede llamarse Multi disciplinaria que implican la superposición de tratamientos, técnicas y objetivos. En dichas configuraciones parecerían operar fantasías omnipotentes de “lograrlo todo”, “revertir el déficit” a partir de sostener una premisa falaz acerca de que mientras más sean, más profundo y efectivo será el abordaje. Retomando, otros atravesamientos producen que quienes toman el rol social de profesionales de la salud en general y en la clínica de la discapacidad en particular, establezcan diversas posiciones frente al sujeto a abordar y ante los representantes de otras disciplinas. 
Los aspectos subjetivos que inciden en el desarrollo de la propia praxis, no siempre son reflexionados como posibles promotores de deslizamientos transferidos al sujeto con discapacidad y su familia. Es sabido que el enfrentamiento con el límite, con aquello de lo propio que puede representar especularmente la discapacidad, y el tope que la teoría y formación encuentran ante a lo irreductible del déficit, hacen que puedan dispararse diversos mecanismos defensivos ante la angustia de castración ineludible. A esto se agrega el exceso de demanda que muchos profesionales deben alojar desde familias arrasadas por la angustia que produce un diagnóstico. La clínica de la discapacidad implica un posible  encuentro con aspectos propios no elaborados y de ahí surge la importancia de emprender un trabajo de reflexión acerca de la implicación y la contratransferencia, que no todos los involucrados en dicha clínica están dispuestos a iniciar. A partir de aquí, los reiterados efectos iatrogénicos que pueden identificarse en intervenciones de profesionales que responden anticipadamente, sin dejar espacio para la interdependencia dialogada que supone la interdisciplina. Tomando los aportes de Freud en su texto  “Consejos al médico” , se puede observar cómo cuestiones ligadas a la abstinencia y la distancia afectiva se trastocan a repetición, llegando a operar desde el propio ideal del yo y bajo modalidades más dirigidas al aplacamiento de la angustia del profesional, que al abordaje del caso por caso. De este modo es recurrente observar cómo se acortan las distancias instrumentales entre profesionales y pacientes. Efectos del exceso de investidura en los que la subjetividad del profesional toma la escena terapéutica como escenario de despliegue de la propia neurosis. 
Por otra parte, la problemática de las hegemonías epistemológicas se hace presente con toda su fuerza en esta clínica. Herencia del pasado - pero no olvidado - Paradigma de Déficit, en la actualidad parecería observarse cómo han transitado las posiciones dominantes de la hegemonía médica a otros saberes disciplinares. Deslizamiento de un representante a otro, pero bajo la misma lógica de constituir discursos Amo. Así como a lo largo de más de un siglo, el médico quedó erigido como única voz autorizada y detentora de un poder superlativo frente a la opinión de cualquier otro saber, hoy se levantan otros representantes del saber-poder que pueden generar el mismo efecto de concentración de un supuesto valor de verdad. De esta manera, es usual observar en equipos de trabajo que dicen trabajar de modo interdisciplinario, una colonización del territorio epistémico, produciendo y reproduciendo hegemonías conceptuales y explicativas que invisibilizan el entrecruzamiento y la interrogación conjunta. Instalado este obstáculo, se desarrollan luchas silenciosas de poder en donde se corre el principal motivo de encuentro y abordaje hacia la puesta en juego de reivindicaciones narcisistas por ganar territorialidad. Si dicho corrimiento implica desoír la palabra del sujeto con discapacidad y su expresión singular, las intervenciones se dirigirán exclusivamente al alcance de logros comportamentales definidos por áreas inconexas. 
En palabras de País: “…el hecho de que un paciente logre hablar bien, mantener el equilibrio o alfabetizarse, no significarán demasiado…. Si esos logros no pueden ser puestos por el paciente al servicio de procurarse un lazo social; si el hablar no sirve más que para repetir palabras de otro, si mantenerse en equilibrio no tiene otra utilidad que recibir los aplausos de sus observadores y si leer implica repetir palabras que no adquieren ningún sentido para el paciente, hablar, caminar y leer tendrán tanto valor para un humano, como lo tiene para una foca el sostener una pelota con el hocico…” .
A esta altura se impone descifrar de qué se habla cuando se sostiene la importancia de un entrecruzamiento y discurso común, sin perder la especificidad. Se trataría entonces de ubicar un punto de encuentro que se traza en la tensión permanente entre un Saber – No saber. Saber disciplinar, desde la formación de cada uno y en función de aquello generalizable acerca de un cuerpo con daño orgánico. Saber que se enfrentará con un no-saber acerca de ese sujeto en particular y su desarrollo, el estatuto psíquico que tomará el déficit en cuestión y las vicisitudes vinculares que atraviesa y atravesará tanto familiar como socialmente. Esta dimensión que se recorta entre el saber y no saber, representa el atravesamiento común que aporta la Ética del Psicoanálisis. Será pues tarea específica del psicoanalista integrante de un equipo interdisciplinario, sostener y promover el encuentro dialogado respecto de aquello que la mencionada ética propone: el respeto por la singularidad y el entramado del lazo social. Dicha posición no se contrapone con el saber disciplinar de ninguno de los profesionales intervinientes, no corresponde más a algunos que a otros, y principalmente, resultaría imposible sostenerla sin la noción de interdependencia entre saberes. El establecimiento del Lazo Social como objetivo común principal, no desconoce los aspectos propios de cada dimensión del objeto de estudio para cada disciplina. Por el contrario, las integra, puesto que cada objetivo preciso y específico puede tomar valor y sentido en torno a la vida de un sujeto que desde esa posición entreteje lazos sociales. Compartir esta posición supone un tiempo de convivencia, debate y producción, a la vez que se abre la posibilidad de establecer una reflexión sobre la propia práctica y su entrecruzamiento permanentemente. Reconocer el propio límite no implica sostener la fantasía de que mientras más profesionales intervengan, mas se podrá saber y abordar respecto del paciente. Por el contrario, implica tomar conciencia de que algunos aspectos del paciente no podrán ser objeto de evaluación y tratamiento, pues se trata de un saber que se edifica en el campo de la palabra del sujeto en cuestión. El “no todo puede conocerse”, debe ser soportado por el equipo y dicho espacio implica, enhorabuena, que los efectos de las intervenciones pueden superar ampliamente el limitado alcance de la tan esperada “efectividad”. Asimismo supone una toma de posición de tipo ideológica en tanto que un equipo requiere definir qué entenderá por conceptos claves en esta clínica: la noción de sujeto, discapacidad, integración, calidad de vida, entre otros. También implicará decisiones en torno a declaraciones a las adscribe nuestro país, como la Convención internacional sobre los derechos de las personas con discapacidad, o la Convención internacional sobre los derechos del niño, la Ley nacional de salud mental, etc. Sobre estos aspectos se jugarán cuestiones no ubicables en ningún manual de psiquiatría, ni psicología del desarrollo o fonoaudiología y entraman una posible postura común. 
En otro orden de cuestiones que también inciden en la obstaculización del intercambio interdisciplinar, se pueden mencionar los aspectos históricos, políticos y económicos de la época actual. Se trata de una realidad concreta que denota cómo ingresan en la escena profesional otros actores, no necesariamente clínicos, a la hora de la puesta en marcha de equipos de trabajo y la toma de decisiones. Los aspectos ligados al marco jurídico, el soporte económico que promueven (o traban) las obras sociales y pre pagas, los resortes burocráticos devenidos de juzgados y curadurías públicas y la aparición de abogados privados, ponen de manifiesto otras tensiones que atraviesan la acción interdisciplinaria. Muchas veces se observa cómo familias desinformadas y angustiadas son llevadas hasta el litigio con sus servicios sociales, para completar el listado de profesionales que alguien dijo que su familiar “tiene que tener”, de modo irreflexivo y con poca concordancia con la situación clínica a abordar. Se constituyen así equipos numerosos, de profesionales que no se conocen ni articulan. De este modo parecería que se libra una batalla por la cobertura de prestaciones, lamentablemente muchas veces necesaria. Batalla que se gana a nivel de derechos y obligaciones económicas, pero que si se mantiene en ese plano únicamente, sostienen a la par una multiplicidad fragmentada de atención con efectos no terapéuticos, además de generar un alto desgaste familiar. Por otra parte, es frecuente que existan serias dificultades para el cobro de honorarios a los servicios sociales por el trabajo realizado. En este punto reencontramos disociaciones en cuanto a los discursos actuales, promotores de la interdisciplina, la inclusión y la transversalidad de miradas, en un marco que no favorece el intercambio, pues recorta, mide y limita la intervención de cada profesional a su territorio y en base a objetivos precisos demandados en pos de la efectividad más rápida posible. Estos aspectos deberán ser abordados por estudios que exceden el presente trabajo, queda abierto el debate para alcanzar posibles respuestas sin desconocer que dicho obstáculo (del mismo modo que los anteriormente descriptos) no determina por sí solo la imposibilidad de interdisciplinar, sino que resulta un elemento a discernir en una realidad que se presenta de modo complejo.
Palabras finales
En tiempos actuales se hace necesario repensar la noción de interdisciplina como modo de producción de sentidos, intervenciones y efectos que van más allá de la imagen de un agrupamiento de profesionales independientes para un mismo paciente. Aún cuando se logren reuniones de equipo o cuando un paciente es asistido por profesionales que pertenecen a un mismo espacio institucional, la interdisciplina no queda garantizada.  
Es posible pensar que asistimos un tiempo en el que hay más factores que operan como obstáculos a la interdisciplina que aspectos que la favorezcan, pues coexisten discursos que sostienen y promueven miradas integradas con aquellos otros, que la proponen a modo de nuevos ideales junto a prácticas que se debaten entre instituir lo nuevo o reproducir antiguas fórmulas obsoletas. Es aquí que se abre la interrogación acerca de la responsabilidad subjetiva del profesional, pudiendo junto con otros, pensar la clínica desde la complejidad, reconociendo una ética común. Espacio común en el que la rigurosidad teórica se entrecruza con objetivos compartidos, para acompañar una historia no escrita aún.  Dicha interrogación implicará poner en tensión aspectos de diversos planos, como los trabajados en el presente escrito: Subjetivos, Epistemológicos, Histórico-sociales y Políticos-económicos, reconociendo el desafío que implica reconocerse en el trabajo como actor profesional involucrado, y no únicamente como técnico especializado. Comprender que una posición ética que atraviese el objetivo común de promover y acompañar el establecimiento de lazos sociales, posibilita la articulación de lo propio de las disciplinas intervinientes e implica un trabajo de cada quien al interior de su posición profesional. Del mismo modo que resulta indispensable sostener la especificidad para no reproducir grupalmente discursos hegemónicos en los que se diluyan las diferencias y complementariedades. 
Se tratará pues de aceptar el desafío, para que nuestro trabajo cotidiano resulte verdaderamente terapéutico.


Bibliografía Consultada
FAINBLUM, A. (2004): “Discapacidad: Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis”. Bs.As. Ed. Tekné.
FREUD, S. (1912). “Consejos al médico”. Amorrortu Editores. Bs. As. Obras completas.
PAIS, A. (1993). “Del lugar del analista en la clínica con niños discapacitados”. En Escritos de la infancia. F.E.P.I.
STOLKINER, A. (1987). “De interdisciplinas e indisciplinas” en “El niño y la escuela, reflexiones sobre lo obvio”. Comp. N. Elichiry. Ed. Nueva Visión. Bs. As.
                  (2005). “Interdisciplina y salud mental” en Salud mental y mundialización: Estrategias posibles en la Argentina de hoy. IX Jornadas nacionales de salud mental. Posadas, Misiones.
Discapacidad Intelectual y proceso adolescente:
La rebelión del eterno niño
Lic. Alicia Fainblum – Lic. Carolina Luongo – Lic. Lucas Edgar

La temática que abordaremos será transitada desde una perspectiva que apunta a desnaturalizar cuestiones que, por ser insistentes en la clínica, se las suele atribuir como patognómicas de la discapacidad intelectual. En este punto se anticipa que las mismas serían consecuencia del interjuego de tres dimensiones entramadas de manera compleja, que se irán desplegando para el análisis: lo intrapsíquico, la estructura familiar y los aspectos del Otro social. 
Se suele observar que a diferentes aspectos ligados a lo propio del proceso adolescente se les adjudica sentidos patologizantes, con sus efectos concomitantes en el sujeto, cuando se manifiestan desde quien tiene una discapacidad intelectual.
Tomando los aportes de Jean-Jacques Rassial , “…la apuesta del adolescente va más allá de una acomodación psíquica a un cuerpo transformado en púber y una adaptación a un nuevo estatuto social; es la de una operación identitaria que cuestiona todas las dimensiones de la existencia del sujeto y de sus relaciones con los otros… Esta operación… comienza con un proceso largo y peligroso para el adolescente mismo ciertamente, pero también para su familia, su entorno, incluso la sociedad en su conjunto…” 
La adolescencia implica un pasaje desde la niñez hacia la vida adulta en la que se adolecerán pérdidas y transformaciones estructurantes. Ahora bien, si se abordará en el presente escrito el pasaje adolescente de quien porta una discapacidad intelectual, ¿desde dónde se piensa esta última noción? Se trata de una restricción en el despliegue de las funciones intelectuales devenidas a partir de una marca orgánica en juego, aclarando que dicha restricción puede llegar a estar intensificada por cuestiones  de orden subjetivas. Como se sostuvo en otro trabajo  “…idénticas deficiencias no generan idénticas características psicológicas y ni siquiera idénticas discapacidades. La constitución del aparato psíquico no depende de factores de orden biológico…”. 
Se dejará para futuras reflexiones, aquellos casos en los que la gravedad del daño en el sustrato orgánico, que no se desconocen, tiene un efecto particularmente limitante en la construcción de recursos simbólicos. 
¿El Rebelde que se Revela?
El tránsito adolescente implica un proceso de desasimiento de los padres de la infancia, “esos” padres ideales y de los ideales de “esos” padres. En el intento de separación, el sujeto se rebela . Se pronuncia desde un ataque que descalifica la palabra parental, en un intento de migrar hacia la construcción de una posición propia. Tránsito en el cual necesariamente realiza escalas, estaciones intermedias, el grupo de pares, en donde ubica discursos e imágenes jugadas como emblemas a los que procura identificarse masivamente. Transcurso que implica la toma de nuevos ideales en un escenario exogámico, como “…una manera de abrirse a la experiencia temporal de lo social… con distintos grados de compromiso con ese momento de apertura a la temporalidad…” , junto a otros que atraviesan el mismo proceso. Asimismo “…Si el niño crece, es también que los padres envejecen, y si él toma posición de adulto, los desaloja un poco para empujarlos hacia la vejez. Y esto algunos lo soportan mal…”   Particularmente aquellos que sellaron un pacto de eterna juventud, a condición de atribuir a su hijo (con discapacidad), el perenne lugar de niño-eterno-solamente hijo. Desde la clínica se ubica cómo se atenta a la posibilidad de registrar el paso del tiempo y el trabajo de historización. Reinscribir desde un lugar diferente el pasado, para desde allí, la asunción de un proyecto futuro transformándose en el “hacedor” de su propia historia. Esta fantasía de tener un niño eterno, se efectiviza en los posicionamientos de aquellos hijos con discapacidad, pues suelen quedar anclados a este lugar cuando ya no lo son. A la par, se abre el interrogante: ¿Qué cuestiones estarían en juego en la economía psíquica de éstos padres? Ahí donde el nacimiento de un hijo con discapacidad ha remitido con toda su fuerza a aquellas instancias relativas a la propia castración, una de las formas de esquivar la angustia concomitante, suele darse en la apuesta a la atemporalidad, la eternidad. Niño eterno, eternamente hijo alude a padres eternos, eternamente jóvenes, completos y fecundos. Se estaría frente a una estrategia tendiente a eludir, lo que según Freud sería el tema más espinoso para el yo: la muerte. En el caso del arribo al tiempo adolescente, se trata del testimonio que los cuerpos reflejan a partir de la irrupción puberal, la aparición de las marcas físicas que dan forma al cuerpo, cuerpo adulto de un sujeto que, en éste caso,  porta una discapacidad intelectual. Frente a dichas vicisitudes, los padres se suelen enfrentar a una reactualización del trauma inicial, intensificándose aspectos no elaborados y que podrían predisponer al despliegue de mecanismos defensivos en el intento de rehusarse a reconocer esta realidad que se impone desde lo real del cuerpo. Renegación mediante, es habitual identificar en padres, que habiendo podido acompañar el proceso adolescente de otros hijos, frente a la adolescencia del que tiene discapacidad, se produce un “tambaleo” del marco simbólico, se observa una carencia de los recursos significantes para responder y, soportar, haciendo soporte. Vacila este marco, a tal punto que “…el difícil trabajo de los padres…encontrar un equilibrio a cada nuevo paso entre ese “contener” y ese “separarse”…”  resulta empobrecido u obstaculizado. 
Por otra parte, y a partir de los posibles espacios de cristalización al que puede arribar un hijo en la economía psíquica de quien ejerza su función materna, puede desarrollarse otra línea de análisis. Según las conceptualizaciones de Mannoni , en la fetichización de un hijo como maniobra de restitución narcisistica, puede vislumbrarse el efecto de haber ubicado masivamente a ese hijo como objeto de goce, en la mortífera amenaza de abandono implícitamente expresada frente a la posibilidad de alguna separación de aquel. Si dicho entramado subjetivo generó una relación en la cual la aniquilación aparece como posibilidad muy presente o inminente, hace lugar a la pregunta acerca de cómo intervenir clínicamente frente a la invasión de una angustia arrasadora, y al riesgo de desintegrarse ante el abandono desde este Otro, todomadre/todopadre, potente. “…La tarea del adolescente es asesinar al padre, esto se vislumbra como imposible porque la muerte de uno implica la caída propia”.  
En este punto, si la adolescencia presentifica pues un tiempo privilegiado para escenificar la separación, el crecimiento y la construcción de narraciones ligadas al “irse”, “alejarse”, etc. ¿Por qué en la clínica de la discapacidad se escucha entonces con tanta frecuencia estas efectivas amenazas subyacentes? ¿Qué pasaría cuando el hijo “crece”? ¿Qué de lo insoportable de lo propio reaparecería?
Maia tiene 23 años. Acaba de finalizar el ciclo pos primario en una escuela de educación especial. Se presenta en el marco de un proceso de admisión para ingresar a un centro de día como una nena, en un cuerpo de adulto. Su vestimenta no permite advertir las formas de un cuerpo desarrollado de mujer. En cada entrevista trae consigo una muñeca, cada vez una diferente. Obsequio habitual que recibe de su madre. Habla con un lenguaje empobrecido y despliega una actitud aniñada. Asiste a un médico pediatra y familiarmente no surge la cuestión acerca de la pertinencia de una consulta ginecológica. Cuando se la interroga por sus intereses, no puede dar cuenta y alude a la palabra parental. En las entrevistas familiares iniciales, sus padres relatan que su hija “no quiere crecer”, que se niega a aprender a viajar sola o a pasear su perro por el barrio. Frente a un señalamiento, llegan a aceptar que en realidad son ellos los que tienen mucho miedo al pensar que alguno de estos movimientos sea logrado por Maia. Ella confirma los dichos de sus padres, manifestando “…yo no quiero saber nada de eso de andar sola…” .Una vez transitando las actividades de la nueva institución y los proyectos ofrecidos, Maia es convocada desde y a un lugar diferente; se observa que las muñecas comienzan a ser olvidadas y dan lugar a otras elecciones, con cualidad adolescente: música, amigos, uso del celular, redes sociales, un novio… 
Este proceso no ha sido dado sin ambivalencia, vacilación y oscilaciones mediante. Hay extrañeza frente a lo nuevo, frente a aquello que le es propio pero que aún no ha sido apropiado, se encontraría en construcción desde una perspectiva inconsciente. 
No se vislumbra una distancia entre la mirada que ha recibido por parte de sus padres y la de la escuela de antaño. Esta última ha significado una extensión de la primera, en donde parecía que se esperaba de Maia, solamente, logros de rendimientos académicos sin promover mutación alguna de su posición infantil hacia nuevas alternativas. 
Aquella escuela, ¿habrá constituido un espacio no favorecedor de procesos de conmoción del lugar eternamente cristalizado? Aquellas “diferentes” muñecas, ¿podrán haber sido intentos de Maia por revelarse como sujeto diferente cada vez, mutando del lugar de muñeca-objeto-perenne? 
En el nuevo espacio institucional, no siguió siendo relanzada al punto de ser ella la “muñeca”. Se la comenzó a reconocer en un nuevo lugar, diferente, ofertándole un espacio vacío que pudo ser recorrido por ella entre pares-no niños, que miraron con desconfianza y desautorización la circulación de “muñecas”. 
El embate del adolescente hacia la estructura parental requiere de un soporte para desde allí devenir otro. Hacer soporte desde una doble vertiente: por un lado soportar el ataque, el cuestionamiento y no ser destruido por ello, condición para, por otro lado, oficiar de soporte/sostén. Compleja tarea la de los padres, de oscilar entre la protección y el cuidado y habilitar la separación en el camino hacia el tiempo futuro de la adultez del hijo. Parafraseando nuevamente a Mannoni, este posible destino de “objeto fetiche”, objeto fijo e inamovible produce efectos equivalentes en relación al tiempo obturando alguna apertura hacia la dimensión futura. Esta operación no se inaugura en el tiempo de la adolescencia, sino que resulta heredera de los momentos instituyentes en que ese niño pudo ser pensado y proyectado en un tiempo en movimiento, como adulto. En el caso de sujetos con discapacidad, ese soporte parecería no poder contener, dada la imposibilidad de soportar la separación y la posibilidad de reinventar su nueva posición subjetiva como padres de un hijo que ha dejado de ser niño. Es habitual encontrarse con adolescentes con discapacidad, que al intentar expresar su malestar, sus contradicciones, su malhumor y enojos propios de este transito, no encuentran “soporte” que desde la palabra haga borde y genere un ordenamiento simbólico para su contención. Lo que se observa es a padres que, ellos desbordados por esta realidad, y, tal lo dicho, aun habiendo podido transitar la experiencia con otros hijos anteriores, acuden y demandan a un saber que acalle lo que desborda. Saberes disciplinarios, la medicina u otras terapéuticas rehabilitatorias, que con recetas y/o psicofármacos intentan encauzar violentamente lo indomable de la pulsión. Sujetos arrasados por un exceso gozoso que implica el desintrincamiento de Eros y Tánatos. Encontrando esto último su destino en la destrucción heterónoma, ó, no en pocos casos, en la autoagresión. Asimismo es frecuente hallar jóvenes - adultos que, atontados, adormecidos y con extrema docilidad, se ofertan a la manipulación. Por otro lado, se identifican sujetos disparados al acting y mostraciones por fuera de las convenciones sociales que sostienen los intercambios culturales, confirmando así, los presupuestos imaginarios del Otro social acerca de estar por fuera lo normal/ideal. 
Julieta tiene 25 años. Todos los domingos, desde siempre, la madre recibe en su domicilio a sus amigas para jugar a las cartas. Todos los domingos son iguales. Y parecería que Julieta también tiene que estar “igual” y participar pasivamente de un encuentro social que no elige ni le pertenece. A lo largo del tiempo fueron desoídos diversos indicios, sin palabras, acerca de estar incómoda y aburrida en dichos espacios: mantenerse de malhumor, no querer saludar a las invitadas, dejarse puesto el pijama durante la visita, etc. En una oportunidad, frente a los requerimientos maternos sobre sus actitudes y delante de la mirada de las amigas de la madre, se presentó vistiendo sólo ropa interior para luego culminar la escena con un fuerte empujón a su mamá. Este suceso, deriva en una desesperada consulta profesional a un médico psiquiatra. El profesional medica haciendo, en el mismo acto, desaparecer a Julieta y su padecimiento, e irrumpir un nuevo nombre: Trastorno Negativista Desafiante. 
Julieta se consume en el eterno presente  En ese sentido ¿El empujón no sería un intento desesperado de cuestionar este instituido?
La dificultad de los padres para poder reconocerse narcisisticamente en ese hijo, que en tal caso no podrá ser representante de un linaje a trascender, podría generar el riesgo en el mismo de perder el estatuto de semejante. Esto acaecido en los momentos fundantes del psiquismo, se pondrá en juego reactualizándose en esta segunda vuelta adolescente. Puede aparecer como dificultad, identificada en muchos adolescentes con discapacidad intelectual, para investir como par semejante a otros adolescentes sin discapacidad. En el proceso hacia la revelación , el adolescente requiere pasar por reconocerse en la alteridad en tanto semejante, “haciendo masa” para, en el mejor de los casos, erigir a posteriori revelar una identidad propia. Es usual percibir que en algunos intentos de realizar prácticas inclusivas en donde circulen sujetos con y sin discapacidad de equivalente franja etaria, los adolescentes con discapacidad no logran “espejarse” en quienes no portan déficit. No suelen ubicarse como pares, reconociéndolos, con frecuencia, como “los mayores”. Estas apreciaciones no resultan excluyentes del interjuego de miradas en las que el reconocimiento mutuo es el que resulta dificultado. 
Es el Otro social quien demanda que ese “desviado” continúe en la esfera de lo privado, lo familiar, lo endogámico. Una demanda implícita acerca de qué hacer con ese hijo, garantizando que no circule socialmente, que no se reproduzca, quedando sin ser portador de dote para el intercambio exogámico. Imposibilitado de producir tanto desde una perspectiva auténticamente laboral, como desde posibilidad de un aporte personal y creativo al tejido social. A lo insoportable de lo analizado en los padres para tolerar y sostener el transito del despliegue adolescente, se sobreagrega el mencionado imperativo social que suele reenviar al espacio endogámico obstaculizando el lazo social.
Gastón tiene 27 años y asiste desde hace dos a un Centro de Día. Llegó a este dispositivo tras pasar muchos años en su casa luego de haber culminado el proceso escolar. La institución fue buscada por su hermana quien lo veía “detenido en la vida”. En la actualidad Gastón forma parte de un grupo de jóvenes que realizan diferentes actividades expresivas, recreativas y comunitarias. Lee lentamente, maneja dinero con cierta dificultad y no viaja solo, aunque conoce los nombres y se orienta en el recorrido de todas las calles por donde transita. Desde hace un tiempo empieza a plantearse con entusiasmo un cambio a partir de observar que varios de sus compañeros lograron autonomía para moverse por la ciudad en transporte público. Gastón comienza a imaginarse la posibilidad de viajar por sus propios medios hasta el centro de día. Su madre, que es quien lo acompaña todos los días, no está segura de que el joven pueda hacerlo. En el marco de una entrevista mantenida con la intención de hacer lugar a la demanda del concurrente, la progenitora remarca: “…cuando venimos en el colectivo va mirando las calles y se para mal, justo donde está la Iglesia, una parada antes… Hasta que no tenga garantías de que no se va a perder, no voy a dejarlo solo…” Gastón, atónito, escucha las palabras de su madre, la mira y calla. 
Desde el equipo de trabajo, se escucha por parte de Gastón un pedido que va mas allá de lo concreto de hacer lo que hacen sus compañeros. Es probable que éstos estén haciendo un “viaje”, un movimiento desde posiciones infantiles hacia un presente/futuro diferente. Parecería que algún movimiento se ha inaugurado en Gastón. Movimiento desde aquellas palabras que lo habrían designado intentando marcar un destino: “detenido en la vida” y que podría haberse conmovido, tal vez, a partir de la intervención de un tercero posibilitador, ¿la hermana?, ¿los profesionales?, ¿los compañeros? 
Es habitual observar, que en ese viaje desde el proceso de rebelarse al de revelarse, hay quienes frente a figuras parentales que no pueden hacer soporte, realizan ese tránsito a condición de buscar escenarios no familiares en donde rebelarse, y poder cuestionar así aquellos saberes parentales, postulados como sagrados. Gastón, en tal sentido, intenta mostrarse diferente al lugar designado, a partir de una demanda de movimiento que sólo pudo explicitar en palabras en el marco de la institución, allí donde había otro dispuesto a escuchar. A la par, frente a la mirada de su madre, arma una escena en donde, “se-para antes”, ¿se se-para antes de donde la madre determina y soporta? ¿Se se-para antes de la parada, la parada/detención habiendo estado “detenido en la vida”, recluido? ¿Y si esa parada antes, que la madre refiere a la iglesia, estaría aludiendo a otra palabra sagrada? ¿Sería un modo en que ella expresaría que Gastón podría estar poniendo en jaque aquellos ideales sagrados del templo familiar/palabra materna? Además, se escucha que esta madre mira como su hijo no la mira. Gastón mira para “el afuera” y es allí donde encuentra este otro templo y se-para. Se separa de una mirada materna que intenta perpetuarse como omnipresente. Tal vez uno de sus intentos hacia la separación. El juego de tensiones está abierto. Por otra parte la madre al no poder sostener, soportar la escena referida, sentencia: “…no voy a dejarlo solo…”. Parecería que para dejarlo solo, tal como ella dice, requiere de garantías de que “…no se (lo) va a perder…” 
Es frecuente, por otra parte, escuchar como de la madre de Gastón, a padres que asocian  la posible circulación social de sus hijos con discapacidad como un paso a la soledad. “No voy a dejarlo sólo”, remarca esta mujer, pero en ese mismo acto de enunciación imposibilita la separación y salida de su hijo. ¿Se está sólo cuando se circula socialmente? ¿Qué no haya presencia física de los progenitores, esto significa que el campo que se inaugura para el adolescente es de soledad? ¿En definitiva, de quién sería en estos casos la soledad en juego? Y finalmente ¿La insistencia en la presencia, no se tratará de un signo de temor frente a la precaria dimensión simbólica que de ella no pudo constituirse en el hijo?
Gastón, desde su silencio, vuelve a mirarla, y como tantos otros adolescentes con discapacidad intelectual que han quedado en exceso sobredeterminados por la palabra parental, vacila haciendo claudicar un movimiento que podría haber sido posible. Pedir garantías, es pedir un imposible, impidiendo en la misma operación aquello que podría haberse desplegado. 
El tránsito hacia una posición de sujeto adulto autónomo, implica un camino que lo conduciría a un lugar “más allá del padre”, es decir, lograr hacer algo diferente y fuera de los lugares históricamente asignados. Se trata de un movimiento que funda y produce el encuentro entre el sujeto y aquella marca propia, que le resulta novedosa e inédita. Revelarse, reconociendo lo propio y diferente. Para ello primero tendrá que haber espacio para rebelarse, momento lógico previo y posibilitador. Aquella amenaza subyacente aludida en párrafos anteriores, suele producir efectos de dificultad en este necesario trabajo psíquico, y de allí las versiones encontradas en la clínica como modalidades sintomáticas, de adultos empujados al lugar de eternos niños, en su fallido intento de encontrar el camino para Revelarse.
La “joven” eternidad
La época posmoderna actual presenta una extensión de las moratorias del periodo adolescente en quienes no tienen una discapacidad. Adolescencia tardía enmarcada en un momento social que intenta sostener ideales de juventud  y potencia en detrimento de la vejez. El efecto que produce el impacto de la discapacidad parecería contribuir a sostener la fantasía de un tiempo que se congela. La eternidad garantizada se jugaría ya no en la concepción de un eterno niño, sino en un eterno joven a condición que su circulación en tanto adulto sexuado se vea limitada, impedida o vigilada. Se trataría pues de un deslizamiento del “eterno niño” a un “eterno joven” que daría cuenta de equivalentes intentos de cristalización de la temporalidad en la vida de un sujeto que porta una discapacidad intelectual, a partir de un nulo proyecto identitario a futuro, vislumbrado como imposible. Es así que se detiene el tiempo adolescente en dichas personas, y se rehúsa al advenimiento del tiempo adulto en tanto no hay representación que acompañe este pasaje. Lo que se trata de velar son las pérdidas de un futuro que carece aún de precedentes.
En este sentido, desde nuestro lugar como profesionales de la salud mental, ¿será favorecer la habilitación a construir un proyecto a futuro propio, con coordenadas compartidas con otros, lo que instituya un nuevo horizonte?
A partir de aquí, se abren para desplegar en múltiples contextos, reflexiones acerca y desde los profesionales que intervienen en la clínica de la discapacidad. Espacio donde privilegiadamente abundan desarrollos, prácticas, publicaciones, artículos, congresos en relación a la niñez y la infancia y sólo algunos atisbos relacionados a la juventud. Expresión sintomática, ahora jugándose en el campo profesional, donde el tiempo allí también intenta congelarse, anclando metonímicamente en nuevos significantes que cabalgan en los ideales de la época y muchas veces borran con el codo (y sus prácticas) lo que escriben con la mano (y sus decires). 





Bibliografía:
DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO ILUSTRADO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Editorial Ramón Sopena S.A. – Barcelona (1962)
DOLTO, Francoise. “La causa de los adolescentes” - Ed. Seix Barral - (1994)
FAINBLUM, Alicia. “Discapacidad. Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis” - Ed. Tekné - Buenos Aires (2004)
FREUD, Sigmund.: “El Malestar en la cultura” (1930) - Obras completas. Tomo XXI - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993)
FREUD, Sigmund.: “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) - Obras completas. Tomo XVIII - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993)
FREUD, Sigmund: “Introducción del narcisismo” (1914) - Obras Completas. Tomo XIV - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993) 
MANNONI, Maud. “El niño retardado y su madre” – Ed. Paidos, Psicología profunda - Madrid (1971)
RASSIAL, Jean-Jaques. “El pasaje adolescente. De la familia al vínculo social”. Colección Antígona - Barcelona (1996)
SILBERKASTEN, Marcelo: “La construcción imaginaria de la discapacidad” - Editorial Topía, Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura - Buenos Aires (2006)
URRESTI, Marcelo. “Las culturas juveniles” - Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación; Dirección Nacional de Gestión Curricular y Formación Docente; Área de Desarrollo Profesional Docente - Neuquén (2005)