jueves, 15 de mayo de 2014

Discapacidad Intelectual y proceso adolescente:
La rebelión del eterno niño
Lic. Alicia Fainblum – Lic. Carolina Luongo – Lic. Lucas Edgar

La temática que abordaremos será transitada desde una perspectiva que apunta a desnaturalizar cuestiones que, por ser insistentes en la clínica, se las suele atribuir como patognómicas de la discapacidad intelectual. En este punto se anticipa que las mismas serían consecuencia del interjuego de tres dimensiones entramadas de manera compleja, que se irán desplegando para el análisis: lo intrapsíquico, la estructura familiar y los aspectos del Otro social. 
Se suele observar que a diferentes aspectos ligados a lo propio del proceso adolescente se les adjudica sentidos patologizantes, con sus efectos concomitantes en el sujeto, cuando se manifiestan desde quien tiene una discapacidad intelectual.
Tomando los aportes de Jean-Jacques Rassial , “…la apuesta del adolescente va más allá de una acomodación psíquica a un cuerpo transformado en púber y una adaptación a un nuevo estatuto social; es la de una operación identitaria que cuestiona todas las dimensiones de la existencia del sujeto y de sus relaciones con los otros… Esta operación… comienza con un proceso largo y peligroso para el adolescente mismo ciertamente, pero también para su familia, su entorno, incluso la sociedad en su conjunto…” 
La adolescencia implica un pasaje desde la niñez hacia la vida adulta en la que se adolecerán pérdidas y transformaciones estructurantes. Ahora bien, si se abordará en el presente escrito el pasaje adolescente de quien porta una discapacidad intelectual, ¿desde dónde se piensa esta última noción? Se trata de una restricción en el despliegue de las funciones intelectuales devenidas a partir de una marca orgánica en juego, aclarando que dicha restricción puede llegar a estar intensificada por cuestiones  de orden subjetivas. Como se sostuvo en otro trabajo  “…idénticas deficiencias no generan idénticas características psicológicas y ni siquiera idénticas discapacidades. La constitución del aparato psíquico no depende de factores de orden biológico…”. 
Se dejará para futuras reflexiones, aquellos casos en los que la gravedad del daño en el sustrato orgánico, que no se desconocen, tiene un efecto particularmente limitante en la construcción de recursos simbólicos. 
¿El Rebelde que se Revela?
El tránsito adolescente implica un proceso de desasimiento de los padres de la infancia, “esos” padres ideales y de los ideales de “esos” padres. En el intento de separación, el sujeto se rebela . Se pronuncia desde un ataque que descalifica la palabra parental, en un intento de migrar hacia la construcción de una posición propia. Tránsito en el cual necesariamente realiza escalas, estaciones intermedias, el grupo de pares, en donde ubica discursos e imágenes jugadas como emblemas a los que procura identificarse masivamente. Transcurso que implica la toma de nuevos ideales en un escenario exogámico, como “…una manera de abrirse a la experiencia temporal de lo social… con distintos grados de compromiso con ese momento de apertura a la temporalidad…” , junto a otros que atraviesan el mismo proceso. Asimismo “…Si el niño crece, es también que los padres envejecen, y si él toma posición de adulto, los desaloja un poco para empujarlos hacia la vejez. Y esto algunos lo soportan mal…”   Particularmente aquellos que sellaron un pacto de eterna juventud, a condición de atribuir a su hijo (con discapacidad), el perenne lugar de niño-eterno-solamente hijo. Desde la clínica se ubica cómo se atenta a la posibilidad de registrar el paso del tiempo y el trabajo de historización. Reinscribir desde un lugar diferente el pasado, para desde allí, la asunción de un proyecto futuro transformándose en el “hacedor” de su propia historia. Esta fantasía de tener un niño eterno, se efectiviza en los posicionamientos de aquellos hijos con discapacidad, pues suelen quedar anclados a este lugar cuando ya no lo son. A la par, se abre el interrogante: ¿Qué cuestiones estarían en juego en la economía psíquica de éstos padres? Ahí donde el nacimiento de un hijo con discapacidad ha remitido con toda su fuerza a aquellas instancias relativas a la propia castración, una de las formas de esquivar la angustia concomitante, suele darse en la apuesta a la atemporalidad, la eternidad. Niño eterno, eternamente hijo alude a padres eternos, eternamente jóvenes, completos y fecundos. Se estaría frente a una estrategia tendiente a eludir, lo que según Freud sería el tema más espinoso para el yo: la muerte. En el caso del arribo al tiempo adolescente, se trata del testimonio que los cuerpos reflejan a partir de la irrupción puberal, la aparición de las marcas físicas que dan forma al cuerpo, cuerpo adulto de un sujeto que, en éste caso,  porta una discapacidad intelectual. Frente a dichas vicisitudes, los padres se suelen enfrentar a una reactualización del trauma inicial, intensificándose aspectos no elaborados y que podrían predisponer al despliegue de mecanismos defensivos en el intento de rehusarse a reconocer esta realidad que se impone desde lo real del cuerpo. Renegación mediante, es habitual identificar en padres, que habiendo podido acompañar el proceso adolescente de otros hijos, frente a la adolescencia del que tiene discapacidad, se produce un “tambaleo” del marco simbólico, se observa una carencia de los recursos significantes para responder y, soportar, haciendo soporte. Vacila este marco, a tal punto que “…el difícil trabajo de los padres…encontrar un equilibrio a cada nuevo paso entre ese “contener” y ese “separarse”…”  resulta empobrecido u obstaculizado. 
Por otra parte, y a partir de los posibles espacios de cristalización al que puede arribar un hijo en la economía psíquica de quien ejerza su función materna, puede desarrollarse otra línea de análisis. Según las conceptualizaciones de Mannoni , en la fetichización de un hijo como maniobra de restitución narcisistica, puede vislumbrarse el efecto de haber ubicado masivamente a ese hijo como objeto de goce, en la mortífera amenaza de abandono implícitamente expresada frente a la posibilidad de alguna separación de aquel. Si dicho entramado subjetivo generó una relación en la cual la aniquilación aparece como posibilidad muy presente o inminente, hace lugar a la pregunta acerca de cómo intervenir clínicamente frente a la invasión de una angustia arrasadora, y al riesgo de desintegrarse ante el abandono desde este Otro, todomadre/todopadre, potente. “…La tarea del adolescente es asesinar al padre, esto se vislumbra como imposible porque la muerte de uno implica la caída propia”.  
En este punto, si la adolescencia presentifica pues un tiempo privilegiado para escenificar la separación, el crecimiento y la construcción de narraciones ligadas al “irse”, “alejarse”, etc. ¿Por qué en la clínica de la discapacidad se escucha entonces con tanta frecuencia estas efectivas amenazas subyacentes? ¿Qué pasaría cuando el hijo “crece”? ¿Qué de lo insoportable de lo propio reaparecería?
Maia tiene 23 años. Acaba de finalizar el ciclo pos primario en una escuela de educación especial. Se presenta en el marco de un proceso de admisión para ingresar a un centro de día como una nena, en un cuerpo de adulto. Su vestimenta no permite advertir las formas de un cuerpo desarrollado de mujer. En cada entrevista trae consigo una muñeca, cada vez una diferente. Obsequio habitual que recibe de su madre. Habla con un lenguaje empobrecido y despliega una actitud aniñada. Asiste a un médico pediatra y familiarmente no surge la cuestión acerca de la pertinencia de una consulta ginecológica. Cuando se la interroga por sus intereses, no puede dar cuenta y alude a la palabra parental. En las entrevistas familiares iniciales, sus padres relatan que su hija “no quiere crecer”, que se niega a aprender a viajar sola o a pasear su perro por el barrio. Frente a un señalamiento, llegan a aceptar que en realidad son ellos los que tienen mucho miedo al pensar que alguno de estos movimientos sea logrado por Maia. Ella confirma los dichos de sus padres, manifestando “…yo no quiero saber nada de eso de andar sola…” .Una vez transitando las actividades de la nueva institución y los proyectos ofrecidos, Maia es convocada desde y a un lugar diferente; se observa que las muñecas comienzan a ser olvidadas y dan lugar a otras elecciones, con cualidad adolescente: música, amigos, uso del celular, redes sociales, un novio… 
Este proceso no ha sido dado sin ambivalencia, vacilación y oscilaciones mediante. Hay extrañeza frente a lo nuevo, frente a aquello que le es propio pero que aún no ha sido apropiado, se encontraría en construcción desde una perspectiva inconsciente. 
No se vislumbra una distancia entre la mirada que ha recibido por parte de sus padres y la de la escuela de antaño. Esta última ha significado una extensión de la primera, en donde parecía que se esperaba de Maia, solamente, logros de rendimientos académicos sin promover mutación alguna de su posición infantil hacia nuevas alternativas. 
Aquella escuela, ¿habrá constituido un espacio no favorecedor de procesos de conmoción del lugar eternamente cristalizado? Aquellas “diferentes” muñecas, ¿podrán haber sido intentos de Maia por revelarse como sujeto diferente cada vez, mutando del lugar de muñeca-objeto-perenne? 
En el nuevo espacio institucional, no siguió siendo relanzada al punto de ser ella la “muñeca”. Se la comenzó a reconocer en un nuevo lugar, diferente, ofertándole un espacio vacío que pudo ser recorrido por ella entre pares-no niños, que miraron con desconfianza y desautorización la circulación de “muñecas”. 
El embate del adolescente hacia la estructura parental requiere de un soporte para desde allí devenir otro. Hacer soporte desde una doble vertiente: por un lado soportar el ataque, el cuestionamiento y no ser destruido por ello, condición para, por otro lado, oficiar de soporte/sostén. Compleja tarea la de los padres, de oscilar entre la protección y el cuidado y habilitar la separación en el camino hacia el tiempo futuro de la adultez del hijo. Parafraseando nuevamente a Mannoni, este posible destino de “objeto fetiche”, objeto fijo e inamovible produce efectos equivalentes en relación al tiempo obturando alguna apertura hacia la dimensión futura. Esta operación no se inaugura en el tiempo de la adolescencia, sino que resulta heredera de los momentos instituyentes en que ese niño pudo ser pensado y proyectado en un tiempo en movimiento, como adulto. En el caso de sujetos con discapacidad, ese soporte parecería no poder contener, dada la imposibilidad de soportar la separación y la posibilidad de reinventar su nueva posición subjetiva como padres de un hijo que ha dejado de ser niño. Es habitual encontrarse con adolescentes con discapacidad, que al intentar expresar su malestar, sus contradicciones, su malhumor y enojos propios de este transito, no encuentran “soporte” que desde la palabra haga borde y genere un ordenamiento simbólico para su contención. Lo que se observa es a padres que, ellos desbordados por esta realidad, y, tal lo dicho, aun habiendo podido transitar la experiencia con otros hijos anteriores, acuden y demandan a un saber que acalle lo que desborda. Saberes disciplinarios, la medicina u otras terapéuticas rehabilitatorias, que con recetas y/o psicofármacos intentan encauzar violentamente lo indomable de la pulsión. Sujetos arrasados por un exceso gozoso que implica el desintrincamiento de Eros y Tánatos. Encontrando esto último su destino en la destrucción heterónoma, ó, no en pocos casos, en la autoagresión. Asimismo es frecuente hallar jóvenes - adultos que, atontados, adormecidos y con extrema docilidad, se ofertan a la manipulación. Por otro lado, se identifican sujetos disparados al acting y mostraciones por fuera de las convenciones sociales que sostienen los intercambios culturales, confirmando así, los presupuestos imaginarios del Otro social acerca de estar por fuera lo normal/ideal. 
Julieta tiene 25 años. Todos los domingos, desde siempre, la madre recibe en su domicilio a sus amigas para jugar a las cartas. Todos los domingos son iguales. Y parecería que Julieta también tiene que estar “igual” y participar pasivamente de un encuentro social que no elige ni le pertenece. A lo largo del tiempo fueron desoídos diversos indicios, sin palabras, acerca de estar incómoda y aburrida en dichos espacios: mantenerse de malhumor, no querer saludar a las invitadas, dejarse puesto el pijama durante la visita, etc. En una oportunidad, frente a los requerimientos maternos sobre sus actitudes y delante de la mirada de las amigas de la madre, se presentó vistiendo sólo ropa interior para luego culminar la escena con un fuerte empujón a su mamá. Este suceso, deriva en una desesperada consulta profesional a un médico psiquiatra. El profesional medica haciendo, en el mismo acto, desaparecer a Julieta y su padecimiento, e irrumpir un nuevo nombre: Trastorno Negativista Desafiante. 
Julieta se consume en el eterno presente  En ese sentido ¿El empujón no sería un intento desesperado de cuestionar este instituido?
La dificultad de los padres para poder reconocerse narcisisticamente en ese hijo, que en tal caso no podrá ser representante de un linaje a trascender, podría generar el riesgo en el mismo de perder el estatuto de semejante. Esto acaecido en los momentos fundantes del psiquismo, se pondrá en juego reactualizándose en esta segunda vuelta adolescente. Puede aparecer como dificultad, identificada en muchos adolescentes con discapacidad intelectual, para investir como par semejante a otros adolescentes sin discapacidad. En el proceso hacia la revelación , el adolescente requiere pasar por reconocerse en la alteridad en tanto semejante, “haciendo masa” para, en el mejor de los casos, erigir a posteriori revelar una identidad propia. Es usual percibir que en algunos intentos de realizar prácticas inclusivas en donde circulen sujetos con y sin discapacidad de equivalente franja etaria, los adolescentes con discapacidad no logran “espejarse” en quienes no portan déficit. No suelen ubicarse como pares, reconociéndolos, con frecuencia, como “los mayores”. Estas apreciaciones no resultan excluyentes del interjuego de miradas en las que el reconocimiento mutuo es el que resulta dificultado. 
Es el Otro social quien demanda que ese “desviado” continúe en la esfera de lo privado, lo familiar, lo endogámico. Una demanda implícita acerca de qué hacer con ese hijo, garantizando que no circule socialmente, que no se reproduzca, quedando sin ser portador de dote para el intercambio exogámico. Imposibilitado de producir tanto desde una perspectiva auténticamente laboral, como desde posibilidad de un aporte personal y creativo al tejido social. A lo insoportable de lo analizado en los padres para tolerar y sostener el transito del despliegue adolescente, se sobreagrega el mencionado imperativo social que suele reenviar al espacio endogámico obstaculizando el lazo social.
Gastón tiene 27 años y asiste desde hace dos a un Centro de Día. Llegó a este dispositivo tras pasar muchos años en su casa luego de haber culminado el proceso escolar. La institución fue buscada por su hermana quien lo veía “detenido en la vida”. En la actualidad Gastón forma parte de un grupo de jóvenes que realizan diferentes actividades expresivas, recreativas y comunitarias. Lee lentamente, maneja dinero con cierta dificultad y no viaja solo, aunque conoce los nombres y se orienta en el recorrido de todas las calles por donde transita. Desde hace un tiempo empieza a plantearse con entusiasmo un cambio a partir de observar que varios de sus compañeros lograron autonomía para moverse por la ciudad en transporte público. Gastón comienza a imaginarse la posibilidad de viajar por sus propios medios hasta el centro de día. Su madre, que es quien lo acompaña todos los días, no está segura de que el joven pueda hacerlo. En el marco de una entrevista mantenida con la intención de hacer lugar a la demanda del concurrente, la progenitora remarca: “…cuando venimos en el colectivo va mirando las calles y se para mal, justo donde está la Iglesia, una parada antes… Hasta que no tenga garantías de que no se va a perder, no voy a dejarlo solo…” Gastón, atónito, escucha las palabras de su madre, la mira y calla. 
Desde el equipo de trabajo, se escucha por parte de Gastón un pedido que va mas allá de lo concreto de hacer lo que hacen sus compañeros. Es probable que éstos estén haciendo un “viaje”, un movimiento desde posiciones infantiles hacia un presente/futuro diferente. Parecería que algún movimiento se ha inaugurado en Gastón. Movimiento desde aquellas palabras que lo habrían designado intentando marcar un destino: “detenido en la vida” y que podría haberse conmovido, tal vez, a partir de la intervención de un tercero posibilitador, ¿la hermana?, ¿los profesionales?, ¿los compañeros? 
Es habitual observar, que en ese viaje desde el proceso de rebelarse al de revelarse, hay quienes frente a figuras parentales que no pueden hacer soporte, realizan ese tránsito a condición de buscar escenarios no familiares en donde rebelarse, y poder cuestionar así aquellos saberes parentales, postulados como sagrados. Gastón, en tal sentido, intenta mostrarse diferente al lugar designado, a partir de una demanda de movimiento que sólo pudo explicitar en palabras en el marco de la institución, allí donde había otro dispuesto a escuchar. A la par, frente a la mirada de su madre, arma una escena en donde, “se-para antes”, ¿se se-para antes de donde la madre determina y soporta? ¿Se se-para antes de la parada, la parada/detención habiendo estado “detenido en la vida”, recluido? ¿Y si esa parada antes, que la madre refiere a la iglesia, estaría aludiendo a otra palabra sagrada? ¿Sería un modo en que ella expresaría que Gastón podría estar poniendo en jaque aquellos ideales sagrados del templo familiar/palabra materna? Además, se escucha que esta madre mira como su hijo no la mira. Gastón mira para “el afuera” y es allí donde encuentra este otro templo y se-para. Se separa de una mirada materna que intenta perpetuarse como omnipresente. Tal vez uno de sus intentos hacia la separación. El juego de tensiones está abierto. Por otra parte la madre al no poder sostener, soportar la escena referida, sentencia: “…no voy a dejarlo solo…”. Parecería que para dejarlo solo, tal como ella dice, requiere de garantías de que “…no se (lo) va a perder…” 
Es frecuente, por otra parte, escuchar como de la madre de Gastón, a padres que asocian  la posible circulación social de sus hijos con discapacidad como un paso a la soledad. “No voy a dejarlo sólo”, remarca esta mujer, pero en ese mismo acto de enunciación imposibilita la separación y salida de su hijo. ¿Se está sólo cuando se circula socialmente? ¿Qué no haya presencia física de los progenitores, esto significa que el campo que se inaugura para el adolescente es de soledad? ¿En definitiva, de quién sería en estos casos la soledad en juego? Y finalmente ¿La insistencia en la presencia, no se tratará de un signo de temor frente a la precaria dimensión simbólica que de ella no pudo constituirse en el hijo?
Gastón, desde su silencio, vuelve a mirarla, y como tantos otros adolescentes con discapacidad intelectual que han quedado en exceso sobredeterminados por la palabra parental, vacila haciendo claudicar un movimiento que podría haber sido posible. Pedir garantías, es pedir un imposible, impidiendo en la misma operación aquello que podría haberse desplegado. 
El tránsito hacia una posición de sujeto adulto autónomo, implica un camino que lo conduciría a un lugar “más allá del padre”, es decir, lograr hacer algo diferente y fuera de los lugares históricamente asignados. Se trata de un movimiento que funda y produce el encuentro entre el sujeto y aquella marca propia, que le resulta novedosa e inédita. Revelarse, reconociendo lo propio y diferente. Para ello primero tendrá que haber espacio para rebelarse, momento lógico previo y posibilitador. Aquella amenaza subyacente aludida en párrafos anteriores, suele producir efectos de dificultad en este necesario trabajo psíquico, y de allí las versiones encontradas en la clínica como modalidades sintomáticas, de adultos empujados al lugar de eternos niños, en su fallido intento de encontrar el camino para Revelarse.
La “joven” eternidad
La época posmoderna actual presenta una extensión de las moratorias del periodo adolescente en quienes no tienen una discapacidad. Adolescencia tardía enmarcada en un momento social que intenta sostener ideales de juventud  y potencia en detrimento de la vejez. El efecto que produce el impacto de la discapacidad parecería contribuir a sostener la fantasía de un tiempo que se congela. La eternidad garantizada se jugaría ya no en la concepción de un eterno niño, sino en un eterno joven a condición que su circulación en tanto adulto sexuado se vea limitada, impedida o vigilada. Se trataría pues de un deslizamiento del “eterno niño” a un “eterno joven” que daría cuenta de equivalentes intentos de cristalización de la temporalidad en la vida de un sujeto que porta una discapacidad intelectual, a partir de un nulo proyecto identitario a futuro, vislumbrado como imposible. Es así que se detiene el tiempo adolescente en dichas personas, y se rehúsa al advenimiento del tiempo adulto en tanto no hay representación que acompañe este pasaje. Lo que se trata de velar son las pérdidas de un futuro que carece aún de precedentes.
En este sentido, desde nuestro lugar como profesionales de la salud mental, ¿será favorecer la habilitación a construir un proyecto a futuro propio, con coordenadas compartidas con otros, lo que instituya un nuevo horizonte?
A partir de aquí, se abren para desplegar en múltiples contextos, reflexiones acerca y desde los profesionales que intervienen en la clínica de la discapacidad. Espacio donde privilegiadamente abundan desarrollos, prácticas, publicaciones, artículos, congresos en relación a la niñez y la infancia y sólo algunos atisbos relacionados a la juventud. Expresión sintomática, ahora jugándose en el campo profesional, donde el tiempo allí también intenta congelarse, anclando metonímicamente en nuevos significantes que cabalgan en los ideales de la época y muchas veces borran con el codo (y sus prácticas) lo que escriben con la mano (y sus decires). 





Bibliografía:
DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO ILUSTRADO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Editorial Ramón Sopena S.A. – Barcelona (1962)
DOLTO, Francoise. “La causa de los adolescentes” - Ed. Seix Barral - (1994)
FAINBLUM, Alicia. “Discapacidad. Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis” - Ed. Tekné - Buenos Aires (2004)
FREUD, Sigmund.: “El Malestar en la cultura” (1930) - Obras completas. Tomo XXI - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993)
FREUD, Sigmund.: “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) - Obras completas. Tomo XVIII - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993)
FREUD, Sigmund: “Introducción del narcisismo” (1914) - Obras Completas. Tomo XIV - Amorrortu Editores - Buenos Aires (1993) 
MANNONI, Maud. “El niño retardado y su madre” – Ed. Paidos, Psicología profunda - Madrid (1971)
RASSIAL, Jean-Jaques. “El pasaje adolescente. De la familia al vínculo social”. Colección Antígona - Barcelona (1996)
SILBERKASTEN, Marcelo: “La construcción imaginaria de la discapacidad” - Editorial Topía, Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura - Buenos Aires (2006)
URRESTI, Marcelo. “Las culturas juveniles” - Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación; Dirección Nacional de Gestión Curricular y Formación Docente; Área de Desarrollo Profesional Docente - Neuquén (2005)

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